Publicado en
Kafka Nº 07
ver todo el nº 07

Javier Pérez Walias

 

JARDINES DEL INFIERNO

No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin.
                                             JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

En el principio, alejados del murmullo del mundo,
apenas éramos la ausencia.

Un ventanal abierto hacia la nada,
un jardín celeste.

Un bosque de pájaros entre la cal líquida y nuestros ojos.

Y ante nuestros ojos todo el movimiento del agua,
todo el sonido
por los umbrales diminutos de las horas crueles,
desangrándose por los desfiladeros
y por los lagos
como un péndulo que no conoce el sosiego ni la noche.

El paisaje del mundo vierte aquí
para el que escucha
su instante
        de silencio,
sobrevuela los árboles,
nos acerca con su mano la cicatriz tibia de la memoria
mientras el asedio de las horas crueles
se quiebra
y cae
del otro lado del horizonte.

Aquí, muy cerca se nos muestra ya el embarcadero,
próximos
     a la otra orilla.

Al instante,
reflejos, siluetas, troncos, lava que se desmadeja como un ovillo
por los íntimos arrecifes.

Hacia los profundos recovecos del silencio.

Como un río de mercurio preñado bajo la tierra,
como un espejo transparente
que lo refleja único
o como un glaciar de voces sobre el lado agrio de las sienes

―piel con piel―

y el vértigo a la osadía y la lluvia
columpiándose como tantas otras madrugadas
por escapar de los labios.

En medio del paisaje y del verbo y del asombro,
una inmensa
huida
que se nubla,
un verso en fuga o un libro entero acuchillado o una quilla
solitaria.

Todos los movimientos de todos los planetas
y de toda una vida
se asoman por los agujeros celestes del lenguaje
como cualquier náufrago sobre ausente, como cualquier viento
o ráfaga o nube o arenisca
de intacta imperfección
o de belleza
        efímera.

 

 

 

LAS PALABRAS SON PARA LA VIDA

Me enseñaste
que las palabras son para la vida
como los besos lo son para el germinar de las flores
en los barrios de la periferia.

A menudo la melancolía es una cárcel para el sufrimiento
por tanta bondad que se extingue

y da vueltas y vueltas junto a nosotros como un carrusel
que nos llama desde el umbral de la caverna y el grito.

Las palabras son la conciencia
para nombrar el pétalo fértil en el centro de la esperanza

y mientras
       ―me dijiste―,
algún día, la noche caerá pesada sobre nosotros
como un aluvión de clavos
fríos.

Sobre otros límites.

Sobre otro instante de eternidad.

Sobre otras ciénagas.

 

 

 

«BORNOVA»

 

Bornova es solo un nombre.

 

Tal vez

es el nombre de una bailarina rusa o de una marioneta con

mecanismo.

 

Tal vez es el nombre

de una de las amantes del soldado desconocido

que regresó a casa

igual que el hijo pródigo.

 

O quizás

lo viera, por primera vez, escrito en una de las lápidas

que descansan

en el Viejo Cementerio Judío de la Ciudad Vieja

 

o, tal vez,

en el Cementerio Alemán.

 

Bornova quizás es, tan solo, el nombre de una princesa

austrohúngara que montaba en monociclo

sin pedales

y sin salir

de los jardines de palacio.

 

Quizás

lo encontré en el interior de una botella de cristal de Bohemia

o en medio de las aguas del Moldava

antes de ir a la Ópera.

Tal vez

tan solo sea el nombre de un Barco de Vapor

 

―The Bornova

 

que navegara por los Mares de Escandinavia, allá por el 1800.

 

O quizás, sólo es el nombre de un paisaje lunar

al atardecer.

 

¡Oh, gran Bornova!

Eres el nombre de un pequeño río

en medio del silencio de un bosque, junto a un camino…

 

 

MUJER CON PAÑUELO

Esta mujer con pañuelo que viene ahora, tan de mañana,
a conversar a mi memoria
contempla la luz de un pozo
en las laderas del sueño, en la lejanía de las estribaciones del sur.

La luz de este pozo es de arcilla

―huérfano de dátiles―

y está cubierto por la escarcha de los días y por el insomnio
de las noches.
  
Es un pozo acostumbrado a la pobreza
y a la oscuridad de los escorpiones,

un pozo ya amarillento, casi pálido,

así golpee
el sol o la estación del año o la tristeza
que acude extranjera
como un azote ante los ojos  de esta mujer con pañuelo
y que viene ahora, tan de mañana,
a conversar a mi memoria.

Un pozo
cuyos deseos más impúdicos quedaron hace ya tiempo a la
intemperie,
abrazados al corazón de los hombres.

Es un pozo
de los que ya no quedan casi ninguno en mi lejano valle.

Diferente de los de brocal de piedra

y soga

y cubo

y agua

y escalones

para descender y poder así adecentar
                         el olvido y la picadura
mortal de la impudicia.
Su mirada me atraviesa como atraviesa una aguja ardiendo
el horizonte de mi amargura,
el horizonte de las sábanas blancas en los soportales de las
grandes avenidas
y es entonces cuando todo el desprecio aparece con su cáscara
más cruel,
cuando se agrietan los labios y se oscurecen los dientes de la
vergüenza.

Y es
cuando todo gruñe como una jauría famélica
dentro de mi estómago,
y huyo
hacia las madrigueras en las que se escondieron los cobardes
desmemoriados,
hacia las madrigueras en medio de los estercoleros
del allanamiento.

En mi memoria unas cuantos ojos
se agitan casi abatidos
y en círculo.

Todo está aquí. En la tensa calma de mi memoria.

Bajo el agudo chirriar de las cerraduras
y de las aguas dormidas,
como si la llamada sorda de la miseria
no fuera un zumbido molesto de abejas que volasen, desde
siempre,
y en cuántas latitudes.

Y así,
esta mujer con pañuelo que viene ahora, tan de mañana,
a conversar a mi memoria,
cabizbaja por la desolación,
esta mujer imaginó que un día el viento y la lluvia suaves
nos traerían cerezas nuevas
en el regazo.

Esta mujer con pañuelo
que vive bajo la desnudez de las sílabas y el azogue de las
hogazas de pan,
esta mujer alimenta con palabras
todo aquello que no estuvo en otro lugar que no fueran las
palabras,
y se mira los ojos en el espejo del pozo ya sin aire,
y se mira en el oscuro agujero del pozo ya sin fondo,
cada día al amanecer
y se retuerce.

Pero esta mujer con pañuelo que viene ahora, tan de mañana,
a conversar a mi memoria
se pone en camino y desciende, descalza, desde las
laderas del sur

al par del aire seco de los sueños

y todos los recuerdos suben galopando hasta mi lengua

y las hormigas de la razón se agolpan sobre mi frente

y la nube es ya un agujero sin vida

y mis ojos se empapan de lluvia

y otorgan nuevo pulso a los ojos de aquel pozo.

Es esta la mujer con pañuelo
que imaginó junto a mí que un día el viento y la lluvia y el
agua de los estanques
nos traerían cerezas nuevas
en el regazo.

Es esta la mujer
que sacudió su rostro contra el espejo de las alcobas
para escribir el nombre invertebrado de la mentira.

En medio de las estribaciones del odio y de la nada.

 

(de Largueza del instante, 2009)