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Kafka Nº 07
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Álvaro Valverde: Cuatro libros para una década

Manuel Simón Viola

   Señalaba el profesor Miguel Ángel Lama en 1995 [Diez años de poesía en Extremadura, 1985-1994,  Cáceres, 1995] que “la poesía de Álvaro Valverde es uno de los referentes ineludibles entre la escritura poética de extremeños en los jóvenes autores actuales. Un riguroso conocimiento de las tendencias poéticas modernas le ha llevado a una depuración de su poesía y a la consecución de un estilo propio, con personalidad, que ha merecido el aplauso de críticos y lectores hasta ser considerado una de las voces pujantes en el panorama actual de la nueva poesía”.  Con el paso de los años, el escritor, ha mantenido, a nuestro juicio,  el valor de esas dos aportaciones esenciales de su obra: la alta calidad literaria de su poesía y su poder de irradiación en su entorno; esto es, su condición de referente de la más estimable modernidad.
   En las páginas que siguen nos referiremos a las obras que Valverde ha publicado desde el año 2000; esto es, a las escritas en un tramo temporal de plena madurez creadora: dos poemarios (Mecánica terrestre y Desde fuera), dos novelas (Las murallas del mundo y Alguien que no existe), un libro de textos críticos (El lector invisible) y un libro de viajes (Lejos de aquí). 
    Conviene recordar, sin embargo, que  Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), uno de los escritores con mayor proyección fuera de Extremadura, es autor de una obra poética jalonada por títulos tan relevantes en la historia de la poesía española contemporánea como Territorio (premio “Ciudad de Badajoz” 1984, Badajoz, DPDB, 1985), Las aguas detenidas (I premio de poesía “Ciudad de Córdoba”, Madrid, Hiperión, 1989), Una oculta razón (IV premio “Fundación Loewe”, Madrid, Visor, 1991), A debida distancia (Madrid, Hiperión, 1993), Ensayando círculos (Barcelona, Tusquets, 1995), El reino oscuro (Mérida, ERE, 1999), Mecánica terrestre (Barcelona, Tusquets, 2002) y Desde fuera (Barcelona, Tusquets, 2008).
   Pero sus poemas han visto la luz asimismo en separatas o “plaquettes” como Analecta (Cáceres, Residencia, 10, 1984), Límites (Mérida, Col. Arco Iris, 1985), Sombra de la memoria (en Zarza Rosa, 7, Valencia, 1986), Lugar del elogio (Mérida, Editora Regional, Col. La Centena, 83, 1987), Aeróvoro (Col "Scriptvm", 18, Torrelavega, 1989), Estaciones (Mérida, La pirámide, 1990), Los marinos inmóviles (Oviedo, Col. Nómadas, 1996), Sur (Plasencia, Alcancía, 2003), Poética y poesía Madrid, Fundación Juan March, 2004),  Lugares del otoño (“El astillero”, Ultramar, 2006) e Imaginario (Fundación Godofredo Ortega Muñoz, 2007).
   Además de colaborar en revistas tan prestigiosas como Ínsula, Vuelta, El urogallo, Revista de Occidente, Zurgai, Sibila, Syntaxis, Cuadernos Hispanoamericanos, Espacio / Espaço escrito (de la que fue co-fundador), etc., su obra ha sido seleccionada, entre otras, en las antologías La generación de los ochenta, de José Luis García Martín (Mestral, Valencia, 1988), La nueva poesía española, de M. García-Posada (Barcelona, Crítica, 1996), Antologia della poesia spagnola, de Rosa Rossi y Valentí Gómez (Roma, Amadeus, 1996), Antología de poesía española (1975-1995), de José Enrique Martínez (Castalia, 1997); La poesía plural y Los senderos y el bosque (Madrid, Visor, 1998 y 2008), de Luis Antonio de Villena, Poesía reciente, de Juan Cano Ballesta, (Madrid, Cátedra, Letras Hispánicas, 2001) y 20 años de poesía. Nuevos Textos Sagrados (1989-2009), de Andrés Soria Olmedo. (Barcelona, Tusquets, 2009).
   Como novelista ha publicado Las murallas del mundo (finalista del 49º premio de novela “Café Gijón”, Sevilla, 2000) y Alguien que no existe (Barcelona, Sexi Barral, 2005). Álvaro Valverde ha publicado también El lector invisible (Mérida, Editora Regional, 2001), una selección de artículos y reseñas, y Lejos de aquí (Mérida, De la luna Libros, 2004), un libro de viajes.

     En  un temprano poema sin título recogido luego en una antología (La generación de los ochenta), el poeta cerraba la composición con un designio firme: “Hagamos de este lugar un territorio”. Años más tarde, el propio escritor afirmaba que ese verso encerraba “una declaración de intenciones, una toma de postura” y, en efecto, libros poéticos posteriores han venido a confirmar el carácter fundacional de esta metáfora entendida tanto en un sentido físico (un lugar o unos lugares predilectos), como en un sentido literario (un espacio estilístico singular), como en un sentido personal (el yo en su existir): “La identificación de poesía y territorio o, si se prefiere, la bifurcación del territorio en su vertiente física y ontológica, de un lado, y en su vertiente poética, lingüística, de otro, son la tarea del Valverde. El desarrollo de su poesía es un asedio, extenso y hondo, en torno a esa noción” [Hidalgo Bayal, G. Equidistancias, 1997]
   Pasados los primeros proyectos juveniles, marcados por las indagaciones, por la búsqueda de una voz personal (la poesía anterior, digamos, a un libro de 1985, titulado precisamente Territorio: tres proyectos que quedaron inéditos, Fragmentos, Poema de Ansano y Valdeamor), la obra de Álvaro Valverde ha merodeado en torno a estos tres ámbitos (la naturaleza, la poesía, la existencia) y sus obras sucesivas han venido a dibujar la imagen precisa de la naranja, con sus gajos ordenados en torno a un eje central, según la interpretación que en cierta ocasión le oí a Gonzalo Hidalgo Bayal (parece ser que la idea original es de Sánchez Ferlosio), posiblemente el más lúcido lector de Valverde, y que, en síntesis, dice que frente a quienes, escritores o lectores, conciben una trayectoria literaria como una superación de obstáculos, en que la segunda obra ha de superar a la primera (como una cebolla y sus capas), “en la obra de un autor hay una materia, un núcleo, un centro; una vez que este logra una cierta madurez, lo que hace es girar en torno a esa materia o núcleo, que, por lo demás, puede ser más o menos amplio, más o menos plural”.

DOS POEMARIOS...

   “Ya lo ves. Un mundo” afirma la cita inicial de Gabriel Ferrater que abre Mecánica terrestre (Barcelona, Tusquets, 2002), y es eso, en efecto, lo que puede hallar el lector de Álvaro Valverde en este poemario, el mismo mundo de contornos familiares (la casa, el jardín) y ámbitos paisajísticos que la sucesión cíclica de estaciones convierte en estampas naturales de una hermosura incesante y distinta: “la tan bella y efímera floración del cerezo”, “la música callada de un encinar de agosto”, los últimos cerezos del otoño [...] azafranes, corintos...”, “los robles deshojados, los negruzcos / alisos de la orilla”, entornos dominados por la impresión de sosiego, de silencio, acentuado más que roto por el canto de los pájaros o el ladrido de un perro, de una soledad en que se funden la mirada y la  meditación. Los poemas adquieren así la condición de confidencias hechas en voz baja por un sujeto lírico cuyo talante sosegado rehúye tanto el patetismo como el entusiasmo al comunicar, mediante una expresión ecuánime si bien levemente melancólica (pero “la poesía es una forma de la melancolía”, recuerda una cita de W. Stevens reproducida en A debida distancia), unas inquietudes íntimas que irrumpen en el poema generadas por la contemplación de una naturaleza conocida, cambiante (el bloque que da título al volumen sitúa las visiones paisajísticas en las cuatro estaciones del año, desde “la sombra de azahar de los naranjos” del primer poema hasta “los robles deshojados” del último) y cíclica, que ofrece en todo momento un esplendor desusado: los cerezos, los helechos amarillos, “viajan al invierno. / Están en su final / y, sin embargo, / esplenden”, pero a la vez sus renacimientos sucesivos (“el ocaso será la nueva aurora”), la eternidad aun de las más humildes edificaciones (unas paredes de piedra) introducen en el poemario la insoslayable fuerza destructora del paso del tiempo y de la amenaza de la muerte: “Soy el testigo / de un paisaje inmutable, / siglo a siglo, / pero, por eso, póstumo”. Y es que Álvaro Valverde “siempre ha sentido predilección poética, entre dichosa y melancólica, por la naturaleza, no en un sentido bucólico ni geórgico, sino estoico, porque la naturaleza es el lugar del hombre y, en cuanto tal, es también el lugar para el pensamiento y la meditación” `Hidalgo Bayal, G. Presentación de Desde fuera]
   Es recurrente, en este monólogo de “hombre a solas” la impresión de perplejidad ante un mundo que oculta sus mensajes tras apariencias insidiosas, hermoso pero fugaz en su rauda huida del futuro hacia la memoria, por lo que no falta asimismo la sensación de que “vivir es en vano”, tanto en los viajes por el recuerdo, ese reino oscuro (“una vida pasada inútilmente”, Una oculta razón), como en el balance de su itinerario vital (“He soñado mi vida. La pasión era inútil” Mecánica terrestre), como en la completa ausencia de expectativas futuras (“Salvación o proyecto / fueron siempre palabras incapaces de hablarme”, El reino oscuro), pero tras estas recaídas en la desolación se descubre que sí existen realidades que hacen tolerable tanto tedio como confirma que la soledad radical del primer bloque de Mecánica terrestre (el paseante, siempre solitario, por la ciudad y los campos) derive, en los restantes, hacia un diálogo con otros creadores a través de la lectura (tema del último bloque, “Relación de los hechos”) y hacia la expresión del amor a la esposa y a los hijos (tema del cuarto apartado, “Palabras privadas”, uno de cuyos poemas lleva por título “Cuanto tengo”) en donde late un sentido vivo:

“sin embargo, aquí cerca,
en quien tengo a mi lado, urge opaca la vida.
Ahora sé que no en vano” (El reino oscuro).

   Las citas y referencias a poemarios anteriores permiten confirmar que nos encontramos ante un merodeo reiterado por un mismo ámbito temático, pero enriquecido, como variaciones de una melodía, con nuevas formulaciones, peculiaridad de la que el creador es consciente cuando afirma: “y no por reiterada es esta senda / igual ni la costumbre / convierte en repetido mi trayecto”, verso este en donde se conjugan dos motivos dilectos de Valverde: el del paseo (el viaje, la huida...) que dan forma a muchos de sus poemas y el de “trayecto literario” en el que las reiteraciones obedecen a “una obsesión y las obsesiones hay que cuidarlas con mimo porque ellas son las causantes de que uno escriba. La espacial es mi obsesión favorita” [Ciudad abierta, mayo de 2001], noción esta que encuentra una concisa expresión en una frase de Claudio Magris citada en A debida distancia: escribir “para saber dónde se está y por tanto quién se es”. Este lugar (la ciudad, el valle, un viejo molino...) sostiene gran parte del potencial lírico, es fuente de verdad y belleza, pero también traza las fronteras de sus limitaciones por lo que no resulta contradictorio que aparezca asociado unas veces a ámbito propicio para la meditación y otras a “encierro” y a la tentación de huida, un motivo desarrollado narrativamente en Las murallas del mundo (“Sí. Ya lo he dicho. Salir de aquí. Ese es mi destino”, F. Kafka).
   En un lúcido ensayo sobre su obra lírica (considerada hasta Ensayando círculos, 1995), Miguel Ángel Lama hace un recuento de estas obsesiones temáticas que reaparecerán, con la novedad de los poemas de amor de “Palabras privadas”, en Mecánica terrestre en un texto que, por su precisión, ha pasado a la solapa de portada del volumen: “Una lectura panorámica de la poesía de Valverde permite amasar unos cuantos temas que se reiteran en los diferentes libros: la escritura como el espacio en el que se materializa la memoria, el poema como recipiente de la reflexión del poeta sobre el hecho creativo, la configuración de lugares como el jardín o la casa desde los cuales partir hacia la búsqueda de lo absoluto, el tema del viaje por la vida y por los libros, es decir, vuelta a la reflexión sobre la poesía, según los otros” [“El espacio único de la poesía de Álvaro Valverde”, Zurgai, 1997]
   Estas reincidencias temáticas, además de un perceptible parentesco estilístico entre unos libros y otros, configuran un mundo literario propio, de modo que muy bien puede el poeta considerar logrados sus sueños (“Soñé un lugar donde nadie ha habitado”, “soñé un libro no escrito”), pero plantea el problema de la redundancia de mensajes propios o ajenos (“¿Cómo decir lo mismo de otro modo?”), que el poeta resuelve por la vía de la sobriedad, de una progresiva sencillez formal y de la transparencia de un pensamiento profundo, fiel siempre al perfil de un poema cuyos atributos son “surgir del asombro y ser expresión del sinsentido, venir desde más allá de la razón, ser múltiple y carecer de fines extrapoéticos o extralingüísticos, sostenerse sobre sí mismo y por sí solo, sin soportes externos, conjugar los riesgos de la experiencia técnica y la innovación formal, no sucumbir a fórmulas establecidas ni establecer fórmulas nuevas, ser, en fin, texto alumbrado, esto es, nacido por alumbramiento, iluminado y luminoso” [Hidalgo Bayal, G. Ibidem]
   Destaca el profesor Lama, en el citado artículo, cómo “la obra poética de Álvaro Valverde obedece a una suerte de aritmética perfecta en la que todo mira hacia su centro, resultado de una extremosa consciencia del autor sobre su propia obra” y recuerda, a modo de ejemplo, que en un poemario anterior, Ensayando círculos (1995), un poema nuclear, “Composición de lugar” se desarrolla en cinco partes que remiten al resto de composiciones del libro. Como este y otros poemarios anteriores, Mecánica terrestre se nos ofrece asimismo como una obra orgánica, de estructura muy cuidada, dividida en cinco secciones interrelacionadas (una organización predilecta en sus libros: número impar de apartados, tres o cinco, con el central por eje, que recuerda, como referente lejano, a las sucesivas ediciones de Cántico, de Jorge Guillén), con un bloque central ocupado por el poema más extenso del libro, “Los lugares del sueño”, que condensa, alternándolas, sus preferencia temáticas, catalogables en cuatro grupos: el entorno próximo (plaza con arcadas, terraza, isla, puente, río, sendero, molino, huerto, garganta, valle...), el viaje y los paisajes remotos (desierto, oasis, masías, salinas, bulevares, hoteles coloniales, naufragios, mareas, puerto...), los restos del pasado (ruinas, templo saqueado, palacio, castillo...) y los espacios literaturizados (canales de Venecia, mansiones de Keats, dacha de Anna Ajmátova...)
   Así como la reflexión sobre la escritura ha sido siempre un ingrediente no ancilar de su labor creadora (como confirma El lector invisible, un libro en que recoge algunas muestras de Valverde como ensayista, como lector lúcido y sutil), las variaciones sobre un topos clásico, sobre meditaciones ajenas, los homenajes a escritores dilectos han encontrado cabida en sus poemarios desde Territorio (1985) al libro que comentamos (y con este propósito se evoca aquí a autores como Luis Cernuda, Gil-Albert o Thomas Hardy), pero Mecánica terrestre ofrece también muestras de “monólogos-dramáticos”, textos en que “el yo se expresa representado en un él (personaje histórico, literario o artístico) o el discurso del yo es trasladado y asignado a un ello: obra literaria o artística” [Guillermo Carnero. “Reflexiones egocéntricas. Cuatro formas de culturalismo”, en Laurel, nº 1, 2000], un procedimiento expresivo de posibilidades ilimitadas, basado en la consideración de que la experiencia estética se entrelaza con la cotidiana de modo natural, pues “en la prehistoria psíquica del poema fundado en ella [experiencia], en las primeras suscitaciones preconscientes que lo van a constituir, los referentes culturales están ya presentes, y son el módulo alrededor del cual cristalizan las intuiciones cuyo desarrollo constituirá el texto poético” (Ibidem).
   En “Relación de hechos”, última sección del libro, el poeta ofrece monólogos de personajes históricos (Carlos V en Yuste), literatos (Miguel Torga, Bioy Casares...), fotógrafos (Horacio Coppola, Bernard Plossu)..., con los que se perciben afinidades vitales o creadoras, o estrechas conexiones entre instantes de dos itinerarios biográficos. Los poemas así construidos logran rehuir la expresión primaria de la intimidad (contestando, de otro modo, a la pregunta del verso ya citado: “¿cómo decir lo mismo de otro modo?”) y otorgan al discurso lírico un efecto de “extrañamiento” que, en su caso (el procedimiento se presta a áridas erudiciones), no buscan un prestigio cultural gratuito y externo al propio poema, sino que encajan, de modo natural, en el universo literario de un poeta, novelista y ensayista que define su personalidad literaria, ante todo, como merodeador incansable por el territorio de la creación estética, esto es, como apasionado lector. 
   Publicado en la misma colección (“Nuevos textos sagrados”), Desde fuera (Barcelona, Tusquets, 2008) es el octavo de los que podríamos llamar poemarios mayores de Valverde. En una “nota del autor” final, el escritor informa de que el libro ha sido compuesto entre 2000 y 2007 y de que ciertos bloques aparecieron publicados con el mismo epígrafe que ahora conservan (esto es, que poseían cuando fueron publicados una voluntad de unidad temática). Así, “Sur”, vio la luz, como plaquette, en el número uno de la colección Alcancía (Plasencia, 2003); “Lugares del otoño” apareció en el número 5 de “El astillero”, separata de la revista Ultramar,  en 2006; “Imaginario” se publicó en una carpeta dedicada a Godofredo Ortega Muñoz aparecida en 2007 (junto con poemas de Santiago Castelo y Javier Rodríguez Marcos).
   Estas informaciones no son superfluas. Comprendemos que el libro, que ha vivido ya en esos proyectos menores, ha ido creciendo lentamente con el paso de los años, que no estamos ante un poemario elaborado cuidadosamente para seducir a un jurado, sino que es el resultado de la traducción lírica que una personalidad poética (creadora y lectora) da de su vivir durante un tramo temporal en el que cualquier novelista puede inundar el mercado con miles de páginas, casi todas olvidables.
   Sobre el primer bloque planea la figura de un poeta dilecto, César Simón, uno de cuyos textos abre el poemario (y aporta el título): “Hay momentos culminantes en el cotidiano vivir. De pronto, comprendemos dónde reside lo esencial [...] es el percatarse del hecho extraordinario de la existencia, como si la viéramos desde fuera”. El texto es tanto una invitación a vivir como a un “contemplarse viviendo”, como modo mejor de una vida plena. Si en Cántico Guillén afirmaba esta actitud en la contemplación de un mundo armónico (“Mira. ¿Ves? Basta”), para encontrar en cada minuto una razón para la dicha presente (pues el pasado y el presente yacen en estado latente de ideas), los poemas de “Desde fuera” son tan conscientes del presente como de un pasado ya ido que lo inunda todo con su melancolía:

“Esta ciudad dorada no es la misma
donde te visitaba hace unos años.
Ni la mujer que espero, la muchacha
que ha venido uno amando desde entonces”, (“Café Novelty”)

   Pero también pesan en los poemas una especie de premonición de un futuro abocado a los declives, pues “A pesar de la fama y las victorias, / el que llega a este oscuro / rincón de Normandía / es un hombre que ha sido derrotado” (El señor de la guerra).
   Frente al patetismo que estos graves temas alcanzaron en Quevedo, por citar a un poeta reflexivo y firme creyente, o en un Unamuno, por mencionar a un angustiado agnóstico, en Valverde esta reflexiones adquieren en todos sus libros un tono grave pero sereno (en que la vida es “esta apacible huida hacia la muerte”), pues ha asumido que temporalidad es mortalidad, de modo que la contemplación del camposanto del poema “Calle Villanueva” podrá concluir: “Sólo anhelo / poder estar también del otro lado / y que alguien, desde éste, / me recuerde”.
   Los bloques segundo y quinto (“Sur” y “Lugares del otoño”) asocian, en todos los casos, poesía y espacio físico, un motivo recurrente, como hemos visto, en Álvaro Valverde, hasta el punto de que una composición puede llegar a componerse con la pura mención de ciertos lugares, como sucede en “Postal del sur” (“Una palmera erguida ante el levante / en la plaza de Oviedo de Tarifa”...), pues estas evocaciones vienen cargadas, desde el pasado o desde la lejanía, de emociones tácitas (que nos recuerdan a Antonio Machado: “¡pinos del amanecer / entre Almazán y Quintana!”). La última composición del bloque ejemplifica el poder del lugar en que se vive, que fija tanto el contorno de nuestra limitaciones como el de nuestras posibilidades de ser felices, al recordar cómo Sidj Alí ben Rasid edifica Chefhauen en las estribaciones de las montañas del Rif, cerca de Tetuán, para que su amada no añorara Vejer de la Frontera, conquistada por los cristianos. El mismo potencial poético tienen tanto la ciudad natal como las ciudades españolas y europeas conocidas en sus viajes (Plasencia, Toledo, Bruselas, Rótterdam... o lugares de personalidad tan incierta como Yuste en el que el viajero llega a “un espacio que no es / sino una atmósfera”).
   Buena muestra de que en una trayectoria poética madura los temas se imponen y de que estos eligen los procedimientos expresivos más adecuados es “Imaginario”, bloque de poemas breves de metro corto casi minimalistas (entendiendo por tal aquel texto cuya calidad no puede ser mejorada por la reducción de sus componentes), que puede ser considerado un homenaje al pintor Godofredo Ortega Muñoz pero también el reflejo de un paisaje extremeño bajo el sol inclemente de nuestros tórridos veranos; de este modo, los poemas se cargan de un doble significado, pues una afirmación como “amo esta sequedad” ha de interpretarse como una referencia a un paisaje desolado que, sin embargo, oculta pequeños “locus amoenus” (la fuente umbría entre los alisos, el pájaro emboscado, el aroma de las flores silvestres), tanto como al óleo –escueto, desnudo, sobrio- que lo plasma. Hasta el lector estos paisajes, calcinados, no desprovistos de belleza (“Los árboles levantan / sus ramas hacia el cielo. // Ni una hoja, ni un fruto, / que ofrecer a los dioses”), llegan tras pasar a través de dos filtros estéticos, un pictórico y otro poético (un procedimiento de filiación modernista que cultivaron poetas como Rubén o Manuel Machado) que confirman, por lo demás cómo “la naturaleza se aferra a la poesía, o viceversa, para encontrar, acaso, un poco del sentido que el hombre es incapaz de hallar entre la desolada sordidez, entre el ruido y la furia de la ciudad moderna” (El lector invisible).
   “Entonces la muerte” es una evocación elegíaca del padre desaparecido en que las emociones, como indica el título, se han sedimentado ya, pues el paso del tiempo ha atenuado el dolor pero también por la intuición de que la muerte, por fortuna, no lo ha arrebatado todo, ya que

“los bancales y el río y las cerezas
parecen ser mirados por tus ojos
y a su través me hablas todavía”.

   El último bloque (“Desde fuera”) recoge los motivos de ciertos lugares individualizados, casi como motivos pictóricos (“Cáparra”, “Cementerio alemán”, “Plaza de Garrovillas”, “Puente de Alcántara”, lugar en donde se logra, por cierto, esa disociación que recomendaba el poeta valenciano, entre protagonista y testigo: “soy un hombre que contempla un viejo puente”) y de ciertos “espacios literarios”, como Lampedusa, Stevenson, Eugénio de Andrade o Ganivet ante la inminencia de su suicidio en el río Dwuina, en Riga, mediante poemas homenaje o monólogos dramáticos que permiten la expresión de la intimidad de un modo no primario.
   Desde fuera viene a instalarse, en fin, en la trayectoria de Valverde como “una recapitulación de la expresión poética ya conseguida, un asentarse en los dominios conocidos, y un avance o una exploración de nuevos territorios […] Es decir, que cada nuevo libro ha ido confirmando lo anterior y avanzando en la reflexión, en la meditación, en las consecuencias de la contemplación, en la ontología de la naturaleza, en la noción de lugar, y en los procedimientos, por ejemplo, en el desdoblamiento del sujeto, un doble desdoblamiento, cuando el que habla es un personaje interpuesto […] o cuando el desdoblamiento es el diálogo con el yo, el yo con el yo tratándose de tú, el yo que contempla, medita y habla consigo en segunda persona” [Hidalgo Bayal, G. Presentación citada]

  
    ...Y DOS NOVELAS

   Álvaro Valverde ha compuesto algunos relatos breves, como “Plasencia-Cáceres (o viceversa)”, aparecido en Baluerna (nº 1, 2000), “Noticia de la muerte” (Ficciones, ERE, 2001), a los que se podían sumar algunos de los textos de Lejos de aquí (Mérida, De la Luna Libros, 2004), pero su mayor aportación a los géneros narrativos son, hasta el momento, dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe.
   Ya Octavio Paz, presidente del jurado que otorgó por unanimidad el premio “Loewe” a Una oculta razón, afirmaba que “cuando leí el libro pensé enseguida que detrás de esos poemas se escondía una novela, un argumento novelesco que provenía de alguien que ha vivido mucho”, estableciendo así una conexión entre poesía y narración que también subrayaría Ricardo Senabre el reseñar su primera novela: "En realidad, y por encima de las leves peripecias de la historia, el tema de Las murallas del mundo es la memoria, lo que no difiere esencialmente de la obra poética del autor [...] Un cotejo detenido mostraría la profunda unidad existente entre el mundo poético del escritor placentino y esta novela, que es también, en su estilo, acusadamente lírica". Senabre, R., El cultural, julio de 2000.
   Las murallas del mundo  (Sevilla, Algaida, 2000), relata el regreso a su ciudad, por motivos profesionales (un informe, encargado por la Unesco, con vistas a la declaración del lugar como Patrimonio de la Humanidad), de un hombre que años atrás optó por abandonarla para recalar, tras varias estancias en otras ciudades europeas, en Gijón, la "estación terminal" de la Vía de la Plata. Entre la curiosidad y la indiferencia, este viaje será un reencuentro con los lugares de la infancia y de la juventud, con los hombres y mujeres con quienes las compartió, pero también con su propio pasado, marcado dolorosamente por la ruina familiar, la muerte temprana de sus padres, la falta de afecto, los internados y cierta relación amorosa malograda.
   A partir de aquí, la narración alterna recuerdos personales con citas y conversaciones amistosas que irán reconstruyendo el itinerario vital del protagonista, pero también de sus amigos, Fulgencio y Luis, dos trayectorias fuertemente contrastadas: la ascendente del instalado arquitecto, al precio, bien es cierto, de sacrificar ideales juveniles, y la del fracasado periodista (un descenso de la prensa nacional a la información local, un matrimonio degradado), detenido en los hábitos un poco bohemios de la juventud, circunstancias ambas que lo empujarán a la enajenación y a la muerte. Más velada queda la historia de Sofía, con quien el protagonista recordará un amor truncado que en el presente tampoco será posible reanudar.
   Todos estos personajes subrayan, por paralelismos o contrastes, el talante del protagonista, un antihéroe de estirpe existencialista (se recuerda expresamente una obra de Camus, El verano, cuyo protagonista, de regreso a Orán,  también "viene a ver lo que no existe"), que, como ellos, tiende, en cualquier encrucijada, a no optar, a no ejercer una libertad, concebida, al modo sartreano, como una condena. Estos supuestos se traducirán en un talante reflexivo e indeciso, de sentimientos contradictorios (el amor y el odio por una ciudad que nutre su existir a la vez que dibuja el contorno de sus limitaciones), que corrige constantemente sus propios rumbos vitales (el regreso a un lugar al que prometió no volver, a una mujer a la que abandonó en su huida, el rechazo a entregar un informe prometido...).
   La infelicidad constante se asocia, en este mundo narrativo, a la noción de partida (de ahí el carácter viajero del protagonista), con la que se abre y se cierra el relato ("Para partir he regresado") y que se repite con distintas formulaciones propias o ajenas: "¿Conoce, pues, su destino? [...] "Sí. Ya lo he dicho. Salir de aquí. Ese es mi destino" (F. Kafka); "Junto a estos muros solo se está de paso. Aquí la meta es partir" (Ungaretti), para reconocer, al fin, que no hay lugar alguno en que se pueda ser feliz ("No existe tal lugar") y que en este error de juventud quizá perdió una vida más próxima a la dicha: "Tuve a mi alcance amar a una mujer y habitar una ciudad. Como ocurre a quien intenta retener el agua entre las manos, mi botín es solo eso, un rastro, un par de palmas húmedas" (pág. 188).
   Impregnada por la melancolía de lo perdido (unos seres queridos transformados, una ciudad degradada), la novela se enriquece con reflexiones, entre líricas y ensayísticas, a la vez que deriva hacia la estructura del libro de viajes cuando el protagonista se vea obligado, para completar el informe, a recorrer los bellísimos alrededores de la ciudad: Monfragüe, Yuste, Abadía, Hervás o Cáparra "ese cruce de vías que nos permite imaginar una ciudad lejana. Nosotros también en una encrucijada. La realidad y el símbolo" (pág. 149).
   Los críticos han señalado las numerosas conexiones entre el mundo poético de Álvaro Valverde y esta narración en la que vuelve sobre el "territorio que uno elige para ser colonizado. Un lugar habitable". Esta circunstancia dota a la novela de una condición poética que explica su carácter contenido a la vez que su tendencia a "frenar" el desarrollo novelesco que pudieran haber tenido ciertas situaciones narrativas, el merodeo reiterado por el recinto de la memoria: "Secretos y evocaciones surgen al inclemente sol que todo lo baña sumergiéndonos en una atmósfera de modorra indefinida cuya única salvación posible es la introspección, el ahondamiento en el territorio amurallado" (García Fuentes, E. Oeste Gallardo, junio de 2000)
   No faltan asimismo reflexiones teóricas, comprensibles al tratarse de la primera obra narrativa en una dilatada trayectoria poética, sobre la tiranía académica de los géneros (la obra admite las mismas palabras con las que el narrador enjuicia El Danubio, de Claudio Magris: "La novela, el libro de viajes, el ensayo, el diario y la poesía conviven dentro de él sin estorbo aparente, con mutuo y dispar enriquecimiento", pág. 148) o sobre la insuficiencia del lenguaje (son numerosas las referencias al empleo obligado del "tópico periodístico", la "frase gastada de película", "frases hechas",...).
   Tras Las murallas del mundo, Valverde publica Alguien que no existe (Barcelona, Seix Barral, 2004), cuya trama traza la travesía por la historia de un numeroso grupo de personajes, casi todos pertenecientes a la misma generación. Con diferentes matices, todos estos itinerarios vitales irrumpen en la novela como barojianas “vidas sombrías” que verán constreñidas sus posibilidades por las circunstancias, espaciales (una vieja ciudad provinciana alejada de los círculos culturales, ruinosa y laberíntica, lastrada por la mezquindad y la maledicencia) y temporales (pues todas ellas están marcadas por la guerra civil y la ominosa sombra de la “victoria” con su estela de silencio, sometimiento y exilios). Emparentada con la novela anterior, pero con una presencia más acentuada de lo social frente a lo íntimo, la narración, calificada de “novela de estirpe cervantina” en contraportada, utiliza para su composición el recurso del manuscrito encontrado, en este caso unas memorias que Mauricio Acebo va componiendo en los últimos años de su triste y tediosa vida laboral de funcionario del ayuntamiento de la ciudad. Tras su jubilación, y su enigmática desaparición, un sustituto, Beltrán Aceña, tratará inútilmente de localizar al autor del manuscrito, descubrir su paradero o recabar al menos alguna noticia suya (recurriendo, otro guiño cervantino, a personas reales como Santiago Castelo, Fernando Pérez o Miguel Ángel Teijeiro).
   Con la misma imagen de la plaza nevada en su apertura y en su cierre (estampas de antaño y del presente, pero también símbolos de la vida humana), las memorias de Mauricio irán reconstruyendo su átona vida de oscuro antihéroe, solitario y conformista, cuya única pasión, los poetas provincianos del siglo de oro sobre los que versa una investigación a la postre inédita, lo aísla aún más en su retraimiento. Como el protagonista de la novela anterior, Mauricio se nos aparece emparentado con los personajes de los narradores existencialistas europeos (Sartre, Camus), pues al igual que ellos, es un ser humano sometido a una existencia rutinaria de hábitos repetidos (paseos, tertulias...), sin una meta personal, como si vivir no consistiera sino en ceder a la torpe inercia de los días y, sobre todo, en no optar. Melancólico, irresoluto, el protagonista vivirá su condición de “desterrado” en una ciudad ensimismada conviviendo en su presente con algún destello fugaz de la infancia (su “aventura” con Rosa y los pastores en la sierra de Tormantos) y con su falta de valentía en cierta encrucijada del pasado (en que no fue capaz de retener a su lado a Lucía, la prostituta portuguesa).
   De los demás personajes de estas desoladas memorias podría decirse, como del narrador, que son portadores de vidas inútiles, que acaban al fin en nada, una maldición a la que parecen haber sido condenados todos ellos y de la que, significativamente, se culpa a la ciudad (“una desgracia compartida por muchos en este sitio”), pues son el espacio que los recluye y el tiempo oscuro que les ha tocado sufrir las circunstancias que determinan su destino y malogran sus empeños.
   Pero a medida que avanza en el conocimiento de este entorno humano el lector va perdiendo las certezas sobre su consistencia: se insiste en la carácter fantasmal de la ciudad, el narrador afirma en un momento dado que casi todos los personajes ya han muerto (y, en efecto, Beltrán Aceña no podrá encontrar a ninguno de ellos en la guía telefónica, por lo que sospecha que el libro acaso “le permitió inventarse otra u otras vidas”), el autor del manuscrito desaparece misteriosamente sin dejar tras de sí el más pequeño rastro..., hasta el punto de que este universo narrativo parece, en su cierre, disolverse en el vacío, diluirse, haber agotado su realidad con la presencia en unas memorias de “alguien que no existe” (del mismo modo que los personajes cervantinos habitan sólo en la mente de un narrador ficticio).
   ¿No hay, pues, nada que dé sentido a estas vidas? Sí. Han pasado a las páginas de un libro y esta contingencia las salva: dan testimonio, con su presencia en él, de un tiempo sombrío y sus vidas constituyen distintas modulaciones del esfuerzo, con frecuencia baldío, del hombre por afirmar su condición y perseverar en su ser, al tiempo que, de un modo indirecto, vienen a dar una justificación a la escritura, entendida, al modo unamuniano, como un sucedáneo de inmortalidad.