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Kafka Nº 07
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Invisible

Javier Morales Ortiz

Invisible
(Paul Auster, ed Anagrama. Barcelona. 2009)

Uno de mis mejores amigos me cuenta que su relación con la obra de Paul Auster es muy parecida a la que mantiene con otro judío neoyorquino, Woody Allen. Desde hace ya varios lustros, la noticia de una nueva novela de Auster es para él un motivo de alegría, una agradable rutina que le hace más llevadero el paso del tiempo, el benigno presagio de que se acerca una nueva estación. A mí me ocurre exactamente lo mismo. Y no creo que seamos muy originales.
Sé que las últimas novelas del autor de El palacio de la luna o La invención de la soledad han sido decepcionantes y que su estrella declina entre el mundillo de la crítica literaria, aunque no lo haga su estrella mediática ni tampoco la respuesta de los lectores. Nadie, ni siquiera Auster, puede escribir una obra maestra todos los años, pero merece la pena estar ahí para cuando esto suceda. Y esta vez, casi ha sucedido.
“Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967”,  así comienza Invisible,  la historia de Adam Walter, un joven y “cándido” estudiante y poeta norteamericano  a quien el azar –cómo no- le lleva a toparse con Rudolf Born, francés, profesor universitario y personaje siniestro y evasivo. La relación con Born pondrá a Walter ante la evidencia de que el mal tiene múltiples caras y de que una de ellas podría ser la suya. En la novela -anclada en el trasfondo  de la Guerra de Vietnam, los años sesenta y las alcantarillas de la política- no sólo se da un combate entre el bien y el mal, la culpa y la redención, también hay una o varias historias de amor, incesto incluido.
    Invisible recupera al mejor Auster, el de Leviatán o El libro de las ilusiones. Que nadie se lleve a engaño. Los temas son los mismos de siempre: el doble, los personajes atribulados con meditaciones casi metafísicas o el azar. Pero, ¿acaso no nos embriaga la policromía del otoño y esperamos casi con ansiedad la llegada de la primavera? Una de las cualidades de Auster es que ha sido capaz de crear un mundo propio, un universo que puede gustarte o no. Al fin y al cabo la literatura no deja de ser algo subjetivo, escribe James Wood en su magnífico ensayo Los mecanismos de la novela -por cierto, Wood es uno de los mayores críticos de Auster y se ha despachado bien a cuenta de su última novela en las páginas del New Yorker-.
Subjetivismos obvios aparte, ¿por qué nos gusta Auster? Porque es un narrador que cuenta historias que hipnotizan desde la primera frase,  con personajes que se desdoblan y que en sus avatares y deliberaciones te obligan a pensar sobre tu propia vida, a situarte frente al espejo. Invisible, como todas las novelas de Auster, está escrita con un estilo depurado y aparentemente sencillo que, a semejanza de los mejores maestros, nos impele a leer tan rápido que incluso somos conscientes de habernos perdido algo importante en el camino, por el puro frenesí de saber qué ocurre en la siguiente línea. Invisible es también una reflexión sobre el proceso de escritura, sobre la creación literaria. Ingredientes, todos ellos, que no pierden verosimilitud gracias a la pericia del autor neoyorquino a la hora de ensamblarlos y hacerlos creíbles y reconocibles. Hay escritores que sólo escriben para leerse a sí mismos en voz alta (en nombre del maestro Flaubert se han dicho muchas tonterías). Hay otros que cuentan. Auster, sin duda, pertenece a la segunda categoría.