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Pequeña serenata nocturna
Juan Salido-Vico
Tras unos breves instantes de oscuridad, las luces iniciaban de nuevo su secuencia. Yuri las observaba absorto, como de costumbre, y acompañaba su ritmo repicando con las yemas de los dedos sobre una pierna. El panel resplandecía en la penumbra de la sala, lanzaba su música muda a las paredes metálicas, por donde resbalaba ante los ojos del experto cosmonauta.
Después de 327 días de confinamiento, el hábito se había convertido en todo un ritual, sin cuya celebración era incapaz de conciliar el sueño. Cuando los ciclos de la vida terrestre se convierte en una convención, cuando la noche no se diferencia del día más que por la suma de dígitos en un vetusto reloj digital, uno debe recurrir a ciertas rutinas si no quiere verse abocado al desorden físico y psicológico. O al menos así pensaba Yuri, y así se obstinaba día tras día en exponerlo, siquiera para sí mismo, pues a esas alturas de la misión no quedaba ningún compañero a quien convencer.
Cada noche, después de la insípida cena, iniciaba un sistemático paseo por todas las estancias del módulo primario de la nave que culminaba con ese momento de relajación absoluta. Le gustaba sobre todo rebuscar en su memoria la melodía que mejor se ajustara al orden variable del juego de las luces. Unas veces, su alternancia entrecortada, sincopada, le hacía pensar en algunas piezas de Prokofiev. En otras ocasiones, el ritmo era más cadencioso, con periodos largos, como los arabescos de un nocturno de Chopin. Con menor frecuencia, los pilotos dispersaban sus señales en el tiempo, los parpadeos se espaciaban, ordenándose en un discurso mínimo que le llevaba a tararear alguna remota y esquemática cancioncilla infantil.
Hacía pocos días que había retomado el contacto con la Tierra. La recuperación de las comunicaciones resultaba providencial: la nave se acercaba definitivamente a su objetivo, y sin la supervisión de la base de control era casi imposible tratar de culminar la misión, que seguía en marcha a pesar de los graves sucesos recientes. Pero esa vuelta a una relativa normalidad se había introducido en su rutina sin pedir permiso y, paradójicamente, le provocaba cierto malestar. Yuri era consciente de que el estado de espera tensa, de soledad e incertidumbre en el que había vivido durante semanas, le había ayudado a alcanzar un equilibrio espiritual (no se le ocurría otra forma mejor para designarlo) inédito en su vida, y ese mismo raro estado de paz anímica corría ahora el riesgo de agrietarse. Su sentido del deber, sin embargo, estaba forjado a la antigua, por lo que se entregó con convicción a los preparativos.
Nunca había sido proclive a la nostalgia, a pesar de su condición de vieja gloria de la carrera espacial soviética. Apartado demasiado pronto de su vocación a causa de imprecisas intrigas políticas, había sobrevivido durante lustros reciclado como profesor de física en una escuela de Kiev. De ahí su sorpresa al ser propuesto tanto tiempo después para la misión que habría de relanzar el prestigio de la cosmonáutica rusa, integrada ahora en un proyecto paneuropeo: usted será, le dijeron, el engarce entre el pasado y el futuro, el punto de referencia moral de nuestra selecta tripulación, y también, por qué no, un perfecto reclamo, vivimos en la era del marketing, usted ya sabe. A Yuri Andreiev le hubiera bastado cualquier justificación, por absurda que sonase, con tal de volver a formar parte de un viaje espacial. Él, que no creía en justicias divinas, no podía dejar de considerar esa última oportunidad como una recompensa a la pasión que siempre puso en la práctica de su oficio.
Durante los últimos dos años había vivido con una intensidad que creía olvidada, a pesar de que las cosas no estaban resultando ni mucho menos como había previsto. Para empezar, se había visto bastante desplazado durante los preparativos. Era consciente de que poco podía aportar en un entorno hiperinformatizado, dependiente de complejas aplicaciones tecnológicas que no conocía, pero le resultaba extraño mantenerse tan al margen, volcado tan sólo en el entrenamiento físico. Luego estaba la relación con sus compañeros... Le desconcertaba la facilidad con que los miembros de su equipo -cuatro rusos, un francés y un alemán- pasaban de las grandes palabras admirativas al ninguneo. Por suerte, ni los elogios le habían hecho nunca falta ni las muestras de desprecio le habían causado jamás daño alguno. La entrega al trabajo bien hecho le parapetaba en una tibia satisfacción a prueba de bombas.
Aun así, no podía dejar de sorprenderle la actitud sostenida por esos seis hombres y mujeres -demasiado jóvenes en su opinión- durante la mayor parte de la misión. Las peculiaridades de sus propias ocupaciones le mantenían separado del resto durante gran parte de la jornada, concentrado en su pequeño laboratorio, lo que ciertamente no dejaba de agradecer, pues el trabajo colectivo nunca había sido su fuerte. Las horas de ocio, por otro lado, eran numerosas, y a todo juicio excesivas. Siguiendo prerrogativas de la agencia espacial, los miembros del equipo trataban de desarrollar actividades que fomentaran el sentimiento de grupo. Yuri no podía entender la relación entre aquellos juegos casi adolescentes, constantemente aliñados de bromas sexuales, y el buen funcionamiento de la misión, así que en cuanto tenía ocasión se retiraba a su cuarto, ante las quejas de sus compañeros. Cuanto más insistían ellos en que no se marchase, mayor repugnancia sentía hacia su patente inmadurez y mayor tristeza le ocasionaba pensar que en poco tiempo volvería a un mundo infantilizado, saturado de falsos deseos y falsas necesidades, un mundo que sin duda ya no era el suyo.
La primera en enfermar fue Olga. El proceso, rápido y fulminante. En apenas 48 horas pasó de tontear con Eric, el oficial francés, a yacer en su cama con los párpados ennegrecidos, los labios morados y esa extraña llaga que se extendía desde la parte inferior del mentón hasta la axila derecha. Aleksei, el médico, aseguraba no haber visto nunca nada igual. El suceso coincidió con la pérdida de contacto con la base terrestre; el hecho de que Olga fuese la especialista en telecomunicaciones complicó la situación hasta extremos dramáticos.
No hubo mucho tiempo para el duelo por su muerte: la infección se propagó entre sus compañeros con enorme rapidez, de forma escalonada pero implacable. En apenas tres semanas, Yuri, hasta el momento inmune, se había convertido en el tripulante fantasma de la Nethuns III. El protocolo había sido desplegado con precisión, cada cuerpo ocupaba ahora su respectiva cápsula de conservación, unas pequeñas cámaras a baja temperatura dispuestas para ese improbable supuesto. Yuri pensó en lo absurdo del número de cápsulas, una por cada miembro de la tripulación... ¿Quién iba a meterlo en la suya, si finalmente también sucumbía?
Olga, Thomas, Grigori, Artiom, Eric, Aleksei... Se alegró de que fuera Irina la última en morir, no le caía del todo mal, siempre le había tratado con mucha amabilidad, se acostumbró a cogerle un brazo mientras hablaba con él, una vez incluso le pasó la mano por el cabello, lástima que apenas sobreviviera un par de días al pretencioso doctor. Era morena y pequeña, apenas sentía su peso cuando la llevaba en brazos hacia el módulo de criogenización. Un mechón cruzaba el rostro de su cadáver, de apariencia más serena que el de sus compañeros. Yuri paso largo rato contemplándola, perdido en recuerdos que no tenían nada que ver con ella. Luego volvió a la realidad. Allí seguía, la pequeña Irina, parecía que estuviera viva... Estuvo tentado de acercar el oído a su pecho, pero no se atrevió, sabía que el medidor de signos vitales era infalible, y odiaba caer en supersticiones o en vanos sentimentalismos. Se limito a acariciar levemente su mejilla justo antes de cerrar la cápsula.
A la rutinaria inspección de las dependencias tecnológicas sumó, a partir de entonces, la de las vacías dependencias de sus compañeros. Al principio se limitaba a echar un vistazo desde la entrada, más tarde comenzó a curiosear entre sus pertenencias. Se topó con objetos de todo tipo, una figurilla con pinta de souvenir o de amuleto, un número excesivo de ropa no reglamentaria, una guitarra, libros, revistas, preservativos, reproductores de música, e incluso cosas tan inútiles como algún teléfono móvil o unas gafas de sol. En la habitación de Olga encontró un sombrero con el que bromeó un rato frente al espejo fijado en la parte interior de la puerta. Se llevó libros de Grigori, un par de novelas negras muy voluminosas. Se autoauscultó con el fonendo de Aleksei. Se puso el perfume de Irina. Se quedó con un par de camisetas de Hans. Acabó el puzle que esperaba sobre la mesa de Artiom.
Acabada la ronda, seguía encerrándose en su “sala de conciertos”, una pequeñísima habitación donde en realidad se medían las fluctuaciones energéticas del exterior. Los paneles repletos de minúsculas bombillas de diferentes colores le recordaban tiempos en que la máquinas parecían más humanas, por decirlo así, antes del desarrollo de los microchips y la nanotecnología. De ahí su inicial atracción por esa aislada cámara a la que poco a poco se había ido aficionando.
La noche en que la misión toco a su fin de forma inesperada, los pilotos de la sala de mediciones parecían especialmente excitados. Yuri supuso que la nave estaría pasando cerca de algún campo magnético especialmente activo, y se entregó sin más a la sinfonía de luces. Los pilotos desarrollaban un ritmo ágil y fresco, la estructura era clara y repetitiva, pero variada, grácil y previsible al mismo tiempo. Por fin halló el símil: la alternancia de luces era claramente mozartiana, y de hecho se adaptaba como un guante al Allegro de la Pequeña serenata nocturna. Yuri tarareaba asombrado por la precisión con que coincidían las notas y las variaciones de los destellos...
Una fuerte sacudida lo propulsó hasta el otro extremo de la sala. Los pilotos se apagaron, todo se tiñó de una espesa luz rojiza mientras una aturdidora sirena perforaba sus tímpanos. Se levantó maltrecho y se dirigió hacia el módulo principal. Durante varios minutos trató de conectar con la base, pero las comunicaciones parecían de nuevo interrumpidas. Al fin consiguió interceptar un mensaje por medio de un canal de emergencia, si bien era deficiente y confuso. Lo único que sacó en claro era la orden tajante de encerrarse inmediatamente en el módulo de seguridad, hasta nuevo aviso. ¿Y si el contacto una vez allá, pensó Yuri, volvía a ser imposible? Aun así corrió hasta el piso superior, siguió hasta el fondo de un pasillo, levantó una placa en la pared, pulsó una contraseña y accedió al módulo. Se vistió con el traje de exploración, el grueso mono, las botas de aleación, el casco conectado a la bombona de oxígeno. Se sentó en uno de los sillones, el más cercano a la salida, y aseguró los anclajes. Las sacudidas comenzaron de nuevo, algo cayó y golpeó sus rodillas, luego la oscuridad total y el silencio.
Durante unos instantes, Yuri sólo oía su propia respiración. De pronto, sobre las pantallas de todos los ordenadores, apareció de forma simultánea la orden de evacuación. Corrió hacia la puerta de acceso, pero estaba cerrada. En ese momento, por primera vez en su vida profesional, Yuri sintió un miedo real e intenso, un latigazo helado y quemante a la vez, desde la nuca hasta los riñones. La puerta de emergencia, en un lateral de la sala, era la única opción posible. Dejó de pensar, vació su cabeza de recuerdos, de reproches y de deseos, de intuiciones y de certezas, y se lanzó hacia ella.
A medida que giraba la palanca, una luz muy intensa iba inundando la sala. La puerta se abrió del todo y Yuri comenzó a caminar totalmente a ciegas, con un brazo sobre los ojos y la cabeza agachada, en medio de un túnel de luz extrema. Poco a poco, a través del recio material de su casco, comenzó a percibir cierto ruido, algo parecido a un zumbido lejano, después a varios zumbidos superpuestos, un sonido espeso que iba disgregándose en fracciones, como las facetas de un diamante cubierto de barro.
La luz se atenuó. El tiempo que tardaron sus pupilas en adaptarse le impidió visualizar ese cuerpo que se dirigía hacia él hasta que no estuvo a un palmo de su cara. Dio un respingo y se echó hacia atrás, asustado. La mujer sonrió y pronunció unas palabras que no pudo entender. Le hacía gestos, acaso le indicaba que se quitara el casco. Pero Yuri estaba conmocionado, completamente inmóvil. Un par de tipos aparecieron por los lados y procedieron a librarle de la escafandra. El cosmonauta se dejó hacer, preso de la confusión. Numerosas voces inundaron al unísono su cerebro, un clamor enfervorecido, cientos de gargantas gritando su nombre. Miró al frente, con los ojos irritados.
Las voces encajaron con un numeroso grupo de personas de rostros acalorados que aplaudían desde unas gradas que llegaban hasta el techo de una especie hangar, cubierto de focos. En primer término, la mujer, que durante un momento se había mantenido apartada para que el público pudiera contemplarle, se acercaba de nuevo, micrófono en ristre. Un poco más al fondo, entre el público y la presentadora, justo por delante de las cámaras, seis individuos, dos mujeres y cuatro hombres, observaban con expectación, sentados en sendas sillas. Eric fue el primero en saludarle, agitando la mano derecha. Los otros le imitaron. Todos ellos habían sustituido sus uniformes por unas camisetas azules en cuya parte delantera aparecían unas palabras que no alcanzaba a leer. En un extremo de la hilera divisó a Irina, quien le sonrió, guiñándole un ojo. Yuri bajó la cabeza y volvió arrastrar sus pesadas botas, con pequeños pasos de zancudo.
