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La delicadeza de los símbolos
Eduardo Moga
Lo paradójico, que tan decisivamente anima Fragmentos de un cantar de gesta, de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973), se asienta ya en el título, que podemos considerar una contradictio in terminis: lo fragmentario —eso que define nuestra modernidad, quebrada y escéptica— se opone a lo épico, paradigma de plenitud narrativa y de continuidad solar en el mundo. Además, Fragmentos de un cantar de gesta no tiene nada de gesta: no narra una epopeya, sino que agavilla un puñado de temas —el amor, el tiempo, la muerte, la ciudad, la palabra, el viaje— bajo una mirada simbólica, preñada de delicadeza. Este simbolismo aterciopelado es, de hecho, la principal característica del poemario, en el que se reflejan algunas de las influencias más perceptibles de Gómez Toré, como la de Francisco Brines, a cuya mirada elegíaca ha dedicado un penetrante estudio. El poema prologal del libro no deja lugar a dudas sobre la condición traslaticia de cuanto se nos va a relatar: «Ve lo poco que somos,/ una impaciencia habitada por los símbolos». A continuación, se suceden los fragmentos, como si el mundo hubiera estallado en mil pedazos: ráfagas de aire, heridas, sílabas, nombres, «olor de cantueso y transparencia,/ (…) ese sol que gotea del fruto»; y también «la no luz del cuerpo» y la «arcilla/ caliente del lenguaje/ y este rumor que pronuncian las manos». Pedazos de vida, que parecen revolotear en torno al poeta, y que configuran una realidad elusiva, son apresados por la palabra de Gómez Toré, que los reúne en el mosaico del libro con gestos mínimos y un lirismo exquisito. Las grandes cuestiones de la existencia encarnan en ellos: qué es el yo y, sobre todo, qué es el mundo (o, mejor, quiénes son el yo y el mundo); cómo transitar por el amor; cómo sobrevivir al tiempo, siempre acechante, siempre acariciante: «¿Y es éste el lugar de la muerte,/ aquí donde las hojas/ atesoran temblor/ (…) y el sol que nos madura hacia la muerte/ nos madura también para este instante/ en que nada sucede sino el mundo?», leemos en «Aquí». La muerte, a la que se dedica una sección del libro, se erige en asunto principal, aunque no estridente —nada lo es en Fragmentos de un cantar de gesta—, del poemario. Sus perfiles suelen ser metafóricos y abstractos, porque, como ha señalado Carlos Bousoño, el símbolo suprime la anécdota. Sin embargo, en ocasiones, la reflexión sobre la muerte adquiere una dimensión material —varios poemas hablan de vertederos y de basura— e incluso histórica: «Primavera en Madrid», por ejemplo, está dedicado a los atentados del 11 de marzo en la capital. Para reflejar el flujo inacabable del tiempo y la sorpresa, también inacabable, del renacer al mundo, Gómez Toré utiliza con frecuencia el motivo del amanecer, que entronca con la albada trovadoresca, y que despliega un haz de símbolos subordinados: los pájaros, la sed, la piel, la luz —y su lucha con la sombra: en «Noche abajo», invoca al «Sol negro», el célebre oxímoron de Nerval—. El motivo de la amanecida se vincula, asimismo, con el amor, otro de los leit motiv del poemario; un amor nunca exultante, sino impregnado de incertidumbre y melancolía, que se desliza con sosiego por las laderas de lo erótico: «Tu sexo como la flor de jara, corazón de musgo que cubrió de rocío la dura superificie del tiempo, labios terribles (…). Cierra, amiga, los ojos para beber luz y sombra mezcladas en la manida transparente del látigo». Los nombres, la ardua relación con los nombres —con ese enjambre de sonidos que configuran el mundo— acompaña en todo momento este desfile de preocupaciones, o lo determina. La extrema conciencia lingüística, y una condicente exigencia expresiva, sustentan la reflexión metapoética, fluidamente integrada en el devenir de los poemas: «Búscame/ entre los nombres del fuego,/ aunque hoy tampoco seré digno,/ aunque hoy no he nacido todavía», escribe Gómez Toré en «Arde también lo que no existe». Apoyado en el dinamismo de los metros impares, y en una compleja y bien tallada urdimbre retórica —en la que abundan las paradojas, las sinestesias y las repeticiones—, Fragmentos de un cantar de gesta destaca por su vigor y, al mismo tiempo, por su delicadeza; de hecho, ésta es condición de aquél: la finura de su verbo y la riqueza de su imaginería estructuran un cosmos musculado de preguntas esenciales, una dicción que, con precisión y carne, plantea lo necesario: «Jardín sin nadie/ duerme bajo la lluvia.// No abras la verja».
[José Luis Gómez Toré, Fragmentos de un cantar de gesta, Valencia, Pre-Textos, 2007, 74 pp.]
