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Kafka Nº 04
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Bragas

Javier Morales Ortiz

-Han desaparecido otras bragas. Diez bragas en un mes. ¿Para qué las quiere?
-Contéstate a ti misma. ¿Has notado si faltan otras cosas?
-¿Cómo qué?
-No sé, tus joyas, por ejemplo.
-Joyas, no me hagas reír.
-Dinero, ropa…
-Quién sabe, al menos yo no me he dado cuenta.
-¿Estás segura de que ha sido la chica?
-¿Quién si no?
-Puede que las hayas dejado en algún sitio al que no deberías haber ido.
-¿Qué insinúas? No estoy para bromas.
    Cuando vuelve a casa del trabajo en la consultora, Darío no puede dejar de mirar a Rumi. Es joven y tiene un cuerpo espectacular. Viste de forma provocativa y cuando se agacha deja ver el inicio de sus bragas de marca, las bragas de Mar.
-Le hemos hecho un contrato, tiene papeles, le pagamos bien. ¿Qué más quiere? ¿Es que para ser como nosotros también necesita mi ropa interior? –protesta indiginada.
    Darío intenta abrazar a Mar, pero no se está quieta, va de un lado a otro del salón, hasta que, de repente, se para al lado de la ventana. Ahora sí. Darío envuelve con sus enormes brazos el diminuto cuerpo de Mar. Sabe que a ella le encanta que la abrace así, que se siente protegida, aunque con la boca pequeña diga que es el abrazo del oso. Ninguno de los dos se ha quitado aún la ropa del trabajo. Darío lleva la corbata puesta, pero se ha aflojado el nudo, el primer respiro después de una dura jornada. Mar mantiene el traje de chaqueta, incluso lleva puestos los zapatos de tacón.
-De verdad –dice melosa, mientras se libera de los tentáculos de Darío-. Tenemos que hablar con ella. Hemos llegado a una situación insostenible.
-¿Y quién le pone el cascabel al gato?
-Prefiero que hables tú. Si lo hago yo, me conozco, estallaré y lo echaré todo a perder. Si no fuera por la niña, la pondría de patitas en la calle hoy mismo.
-Tampoco es ningún consuelo saber que estamos dejando a nuestra hija en manos de una ladrona, o de cosas peores, que no lo sabemos.
-No me digas eso –Mar tensa tanto la cara que parece al borde de las lágrimas.
Laura está abajo, en los columpios de la urbanización. Pueden verla desde la ventana. Rumi está sentada en un banco próximo, vigilante. En pocos minutos serán apenas dos siluetas en la noche inminente.
    A Mar se le escapan unas lágrimas.
-No sé –dice y coge un pañuelo de papel del bolso abandonado encima de la silla-, a veces tengo la sensación de que no somos buenos padres, de que dejamos lo más importante que tenemos en manos de otras personas, de personas a quienes no conocemos, o las conocemos muy poco.
-A Rumi la conocemos.
-Muy poco.
-Nos la recomendó la amiga de tu hermano.
-Pero es que yo casi no conozco a la amiga de mi hermano.
-Conoces a tu hermano.
-No es lo mismo. Aunque lo quiera, no tenemos los mismos criterios ante las cosas. Ya sabes cómo es, le da todo un poco igual.
    Darío se mueve alrededor de Mar, como si estuviera buscando el mejor acceso a la presa, antes de dirigirse a ella y atacarla.
-No te enfades por lo que voy a decirte.
    Mar se pone en guardia, hasta la melena se tensa como si sus cabellos fueran alambres de cobre, y achica los ojos verdes.
-Tal vez, lo digo sólo para que lo pienses, tal vez la solución a todos nuestros problemas fuese que te pidieras una reducción de jornada.
-Sabía que ibas a decir eso, lo sabía –exclama, irritada-. ¿No te das cuenta de que a partir de entonces sería un cero a la izquierda en la empresa? Hasta las becarias pasarían por encima. Tendría que comerles el coño a todas estas niñatas que vienen con máster y no sé cuántos idiomas bajo el brazo, y perdón por los tacos.
-Está bien, no te enfades. Pensaremos en otra cosa.
    Darío intenta abrazarla, pero Mar le rechaza.     
- No me enfado, es que siempre vuelves a lo mismo. ¿Por qué no te la pides tú?
-Sabes que no me importaría, incluso me apetece. A mí me gustaría pasar más tiempo al lado de Laura, ver cómo crece. Pero es inviable. Por una cuestión práctica. Gano casi tres veces más que tú. Tendríamos que prescindir de muchas cosas, y no sé tú estás dispuesta.
-Prescindiríamos de la rumana, lo que ya es bastante.
    Permanecen unos segundos callados, mirando al vacío, aunque están rodeados de objetos por todas partes.
-En serio, Dar, tienes que hablar con ella. Estoy dispuesta a aumentarle el suelo a esa ladrona, pero que no me quite las bragas, por dios –casi bromea-. No es sólo una cuestión de confianza. También tiene que ver con mi intimidad, ¿lo entiendes?
-Claro que lo entiendo.
-¿Cómo te sentirías tú si te robara los calzoncillos?
    Darío lo piensa y casi tiene una erección.
-¿Y para qué iba a querer mis calzoncillos?
-Para regalárselos a su novio, supongo. Igual le gusta verle vestido de Kalvin Klein.
    A Darío le desagrada la imagen de Rumi con su novio, casi siente celos.
-¿Cómo sabes que tiene novio?
-No lo sé, un día la vino a recoger un chico muy alto y delgado. Pero sólo era un suponer, parece que te molesta que tenga novio. Dejémoslo. ¿Vas a hablar con ella, lo harás por mí?
    Mar abraza con ternura a su marido. Darío apoya su perilla en el pelo rubio y lacio de su mujer.
-Lo haré. Si no hay más remedio, lo haré –dice resignado.
-¿Cuándo vas a hacerlo?
-No sé, no me atosigues.
-¿Por qué no lo haces esta noche?
-Esta noche no me apetece. Quiero ir al cine sin disgustos ni malos rollos.
-Podemos dejar lo del cine para otro día y cenar por ahí.
-A mí me apetecía ver una película.
-Yo prefiero que nos quitemos este marrón cuanto antes. De verdad, no puedo soportar la sensación de que se están apropiando de mi intimidad.
    Darío mira a través de la ventana. La oscuridad se ha comido el patio común. Los balcones de los vecinos parpadean. A esta hora, casi todo el mundo está viendo la televisión. 
-Creo que deben de estar subiendo. No se los ve.
    Un instante después llaman al timbre con insistencia. Es Rumi, con Laura. La niña se abalanza sobre su madre. Darío y Rumi cruzan sus miradas.
-Y ahora a bañarse –le dice Mar a su hija.
    Rumi se va con la niña hacia el cuarto de baño. Lleva una camiseta roja de tirantes muy ceñida y escotada.
-Mientras yo le doy la cena a la niña, puedes aprovechar para hablar con ella –susurra Mar a su marido.
-Calla, que nos va a oír.
-Si estamos hablando muy bajito.
-Reconozco que me da mucho palo. Para hablar de bragas, sería mejor que lo hicieras tú. Las dos sois mujeres. Conmigo puede encontrarse incómoda.
-Lo sé. Y no me hace ninguna gracia que hables de ropa interior con una chica como ella. Pero ya te he dicho que si lo hago yo, estallaré, la llamaré de todo y nos dejará. No nos lo podemos permitir.
    Mar va hacia el armario del salón y coge una botella de vino tinto y dos copas, un ritual que se repite casi todas las noches, mientras bañan a la niña. Se sientan en el sofá y hablan de vaguedades, disimulan, matan el tiempo hasta que entra Laura, recién bañada, y se lanza al pecho de su padre. Darío la riñe porque le ha hecho daño. La pequeña se echa a llorar.
-Pobrecita, -le reprocha Mar-. ¿No ves que la has asustado?
-Me ha hecho daño. Lo siento. Ven aquí, preciosa.
    La niña se acerca con mansedumbre. Se abrazan. Se oye la voz de Rumi desde la cocina. Es una voz chillona, nada atractiva. Mar toma de la mano a su hija y juntas van a la cocina. Antes de desaparecer, Mar guiña el ojo a su marido. Darío sonríe con desgana. Tiene las piernas cruzadas. Mantiene la copa en una mano y con la otra, nerviosa, se golpea la suela de un zapato.
    Enseguida aparece Rumi. Parece tensa.
-Me ha dicho la señora que quieres hablar conmigo.
-Sí, por favor. ¿Puedes sentarte un momento?
    Rumi se sienta en el sillón de enfrente, con los manos apoyadas en las rodillas. Permanecen un rato en silencio, sin mirarse. En la cocina, dos paredes más allá de donde están sentados, se oye cantar a Laura. Entonces, Darío le indica a Rumi que se siente a su lado. La chica le mira extrañada y desvía la vista hacia la cocina: qué pasa con Mar, le preguntan sus ojos. Darío insiste y a Rumi se le encienden las mejillas. Niega con la mano, enérgica. Al final, accede. Laura sigue cantando, pero ahora la acompaña Mar, con palmaditas y estribillos, la voz aniñada a propósito. Darío comienza a tocarle un pecho y a besarle en la boca. Enseguida tiene una erección. Rumi le deja hacer, pero permanece impávida, como una estatua.
-No quiero que nos vea –Rumi le separa-. Está la niña.
-No nos van a ver, no te preocupes. Las estoy oyendo.
    Darío vuelve al ataque.
-¿De qué tenías que hablarme?
    No contesta. Ella le acaricia el pelo, sin demasiada convicción, y permite que la sobe.
-¿Te ha dicho algo?
    Se oyen risas, las risas de Mar y de Laura, amortiguadas por las paredes que los separan.
-¿De qué quieres hablarme? –insiste.
-De nada –contesta él, despreocupado-. Que no voy a poder regalarte más bragas.
    Rumi se queda pensativa. 
-¿Y por qué te excita tanto que me ponga sus bragas? Son espantosas.