Publicado en
Kafka Nº 04
ver todo el nº 04

Solución

Juan Ramón Santos

    Después de frotarse la nariz, se chupó el dedo y todavía se lamió la uña con parsimonia y se examinó cuidadosamente las manos antes de recorrer, una por una, las doce cámaras fotográficas que rodeaban el enorme vaso de cristal de tres metros de altura por dos de diámetro y comprobar que estaban preparadas, que cada una mantenía la ubicación, ángulo y zoom adecuados. Sólo entonces se comenzó a desnudar.

    Se había dado a conocer a principios de los ochenta con la performance «Y el pene del amor muy lastimado», que empleaba la idea de intervención adoptando como marco u objeto de actuación el texto literario, ya fuesen poemas, fragmentos de narración o títulos más o menos conocidos. Así, por medio de modificaciones mínimas –como la que daba título a la exhibición–, las absolutamente imprescindibles, a menudo difíciles de apreciar, en versos de ascetas y místicos españoles del siglo de oro –Luis de León, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz sobre todo–, había logrado renovarlos, dotándolos de un sentido incuestionablemente erótico, en algunos casos, descaradamente pornográfico, y la exhibición combinaba la lectura pública de los poemas intervenidos con escenas de sexo explícito representadas en vivo por presuntos monjas y monjes en hábito sadomasoquista. Dado que en su país había resultado del todo imposible exhibir como quería la performance en una iglesia, lo había acabado haciendo en Edimburgo, en una vieja capilla reconvertida en central eléctrica y luego abandonada, provocando un enorme revuelo en el ambiente cultural y artístico británico. Luego había repetido éxito en Frankfurt, Venecia y numerosas ciudades europeas, y en todas había sido acogido como el refugiado artístico de un país mojigato al que todavía le quedaban demasiado rodaje y mucha apertura de mente para poder ser aceptado entre las naciones consideradas democráticas y avanzadas. El éxito le había abierto las puertas de revistas, galerías, bienales, muestras colectivas y museos, convirtiéndolo en pocos meses en referente fundamental de la trasgresión artística europea.
    Dos años después, cuando su país cambió de régimen y superó, bajo la forma de un golpe de estado frustrado, las últimas secuelas de la dictadura, de la mano del ministerio de cultura y jaleado por la feroz crítica de los sectores sociales más reaccionarios, capitaneados por la Iglesia, había llevado la performance por todo el país cosechando nuevos éxitos y jugosas polémicas que le catapultaron, en aquellos agitados meses, al estrellato, como nuevo gurú del arte y como emblema de la vanguardia en el país, además de símbolo de la noche y el desenfreno en una capital que despertaba lentamente del letargo.
A finales de la década, tras hacerse cargo de celebrados diseños promocionales, metió cabeza en el mundo de la moda, la perfumería y el diseño gráfico con la fundación de un conglomerado de empresas, alcanzando en esa época altas dosis de popularidad, aun cuando dentro del mundillo del arte se comenzase a hablar ya de decadencia, de repetición de esquemas, de obsolescencia creativa. El reportaje «Un artista del mercado», publicado en 1990 por el suplemento de uno de los diarios más vendidos del país, marcó el punto álgido de su fortuna y de su popularidad, pero también el principio de una caída en picado.

    Después de desnudarse apagó el interruptor y todo quedó en penumbra, salvo por la mortecina claridad urbana que se colaba por los altos y sucios ventanales del estudio. Seguidamente, encendió cuatro potentes focos y permaneció unos instantes de pie, rascándose la barbilla, comparando la exacta geometría que respetaban los haces de luz al cruzarse dentro del vaso con las verdosas y aleatorias, claroscuras evoluciones del líquido en su interior.

    Poco después de la publicación del reportaje empezaron a salir a la luz sus problemas con el alcohol y las drogas, un excéntrico retorno a la religión –cultos orientales, animismo, paganismo, panteísmo plástico– y la sucesión de largos períodos de fuerte depresión que habían acabado dando durante una buena temporada con sus huesos en una institución psiquiátrica. A partir de ese momento, con escasa delicadeza se le fueron cerrando las puertas de importantes muestras internacionales, los galeristas y directores de museos le dieron la espalda, y también lo hizo el sector público: durante meses se le vio revolotear en vano alrededor de sucesivos ministros de cultura mendigando un cargo en la administración cultural. Poco después, tras una rápida cadena de quiebras, unas más publicitadas que otras, que lo dejaron al borde de la ruina y en el punto de mira de Hacienda, había acabado, según su versión, retirándose a Nueva York, lo que fue interpretado, por la mayoría, como un nuevo e irremediable exilio.
    En el 2000 había intentado recuperar un cierto prestigio revisitando la performance que le diera a conocer con el título «Y el pene del amor muy lastimado. Veinte años después», repitiendo el mismo esquema pero con la introducción de elementos digitales y cibernéticos a la altura de los tiempos. Sin embargo, lo que había intentado que pareciese una glamourosa y publicitaria fiesta de inauguración, no pasó de ser una reunión de colgados y drogadictos del Bronx a la que no acudió ninguno de los prestigiosos artistas e intelectuales que había invitado, y con la que lo único que había puesto de relieve, merced a la crónica de un periodista al que le había dado por pasarse por allí, habían sido las estrecheces de un artista que en otro tiempo había alcanzado fama internacional pero que había acabado ganándose la vida pintando hasta la saciedad mal pagadas vistas del puente de Brooklyn y cuadros de una abstracción vana y previsible, capaces de combinar bien con cualquier ambiente, para una tienda de decoración del barrio.

    Una vez preparado el escenario, apuró con deleite un whisky con hielo y, pausadamente, subió la escalera hasta alcanzar la plataforma que, a modo de precario trampolín, asomaba sobre el borde del vaso, del que emanaba un hedor denso y penetrante.
    Días después, todo el mundo se haría eco de su última intervención artística. En su país se reavivaría el debate entre los detractores –un residuo superfluo de un período de vana efervescencia cultural, el deshecho pseudoartístico de una generación perdida, enredada en el laberinto de la droga– y los defensores del artista –un hombre comprometido hasta sus últimas consecuencias con su particular y a menudo incomprendida estética, sublime en su regreso a la intervención literaria que lo había hecho famoso veinte años atrás–, logrando a la postre, aunque de forma efímera, volver a las portadas de los periódicos y a los suplementos culturales de tirada nacional.
    Erguido sobre la plataforma tomó impulso y, sin más contemplaciones, se arrojó al interior del vaso y, al tiempo que, siguiendo una ralentizada secuencia circular de fogonazos, se disparaban los primeros flashes de las cámaras, el ácido comenzó a burbujear y a hacer efecto desintegrando las cejas, el vello, el poco pelo que le quedaba en la cabeza, y fue luego vaciando con limpieza las cuencas de los ojos, corroyendo los labios, el escroto, las orejas, disolviendo poco a poco la piel, los músculos, las venas, las arterias, tiñéndose poco a poco de un color parduzco y gelatinoso hasta dejar reposar en el fondo de la cubeta un puñado de huesos mondos y blancos mientras se desplegaba, meticulosamente calculada, la labor de registro de la docena de cámaras programadas para la ocasión y dejando para la posteridad, en 432 instantáneas, su última performance, «Retrato del artista efervescente».