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Jordi Doce
Cuaderno Retiro (fragmentos)
HE VUELTO del trabajo a esa hora del otoño en que la noche, ya caída, no se ha cerrado del todo y deja respirar un poco las brasas de la tarde. He cruzado el parque, casi desierto a excepción de algún corredor y unas pocas parejas absortas. Del estanque venía un frío glacial, como de urna de piedra, ese frío que cae sobre las cosas y las deja muy quietas, aferradas a su latido expectante. Mientas subía la cuesta inicial entre las estatuas algo kitsch de viejos reyes y príncipes medievales iba sintiendo cómo la inquietud del trabajo iba quedando detrás, se fundía con la gravilla y la arena oscurecidas. Luchaba por no dejarme invadir por la tristeza, esa melancolía de segunda mano que nace del cansancio y nos empareja con la peor versión de nosotros mismos (repugnancia, una vez más, de la espiral autocompasiva, del enfermizo ir y venir sobre lo mismo). El paseo hasta el otro lado del parque ha durado unos veinte minutos, veinte minutos de frío y silencio y soledad casi inexpugnables, y cuando he salido a la luz y el tráfico de mi barrio es como si el día me hubiera dado una segunda oportunidad, una prórroga que sigue aún vigente mientras escribo estas líneas, casi cuatro horas más tarde. La sensación de tregua, de un espacio exento en el que puedo moverme con relativa fluidez, no se ha extinguido, como si hubiera interiorizado los rasgos del espacio que atravesé esta tarde: la soledad, el silencio, la ferocidad casi primordial del frío que dejaba al mundo en puro hueso de sí. Un túnel de lavado emocional, una versión mínima del desierto del que salí casi febril, aturdido, pero a la vez extrañamente sereno, como si tal cosa. Como si algo en mí hubiera dicho, ya está bien, date un poco de tiempo, date un respiro, respira. Respira. Hasta ahora.
POR MUCHO que te resistas, lo que al final perdura son los tics. Desaparece la carne, el nervio que animaba el movimiento, el hueso que le daba relieve y cimiento, y sólo queda un rastro de piel reblandecida que de vez en cuando salta como por un resorte, un eco traidor e irreprimible que sigue latiendo mucho después de tu ausencia. Un reflejo animado, una ruina móvil, el retrato póstumo de tus defectos por todo testimonio. La momia hedionda de aquello que llamabas estilo.
ESCRIBIR es defender la intimidad en que se está, creo haber leído en algún sitio, esto es: defender el espacio de soledad y silencio, la madriguera en la que algunos debemos recalar con más o menos frecuencia para no perder la cabeza o no perdernos a nosotros mismos en el laberinto de las calles y el trato social. Pero el fruto de esa defensa, las páginas que fuimos armando en nuestra defensa, buscan paradójicamente la calle y ese trato que hemos rehuido a conciencia. Necesitan de aquellos mismos que hemos evitado para existir o sentir que existen. Algunas, incluso, no le hacen ascos al elogio, el aplauso, el apretón de manos satisfecho y complaciente. En esa contradicción nos movemos no pocos, al menos los que no somos primordialmente narradores o contadores de historias y tendemos –el instinto manda– a concebir la escritura, al menos en parte, como una indagación más o menos obsesiva (¿ególatra?) de nuestras circunstancias. Esa contradicción es fuente segura de descontento y hasta de disgusto, de repugnancia hacia nosotros mismos. ¿Salir del mundo para volver a él buscando la aprobación ajena? El ascetismo del primer movimiento no se corresponde con la coquetería de starlet del segundo. Y de esa repugnancia, que nos somete por (mal) gusto al escrutinio de aquellos de quienes más recelamos –el mundo en general–, se desprende una mayor necesidad aún de lejanía, de apartamiento. Éste es el círculo vicioso que rige el comercio, por modesto y hasta insignificante que sea, de nuestras palabras. Precisamente porque nadie nos ha obligado jamás a comerciar con ellas.
(de Cuaderno Retiro, inédito)
