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Kafka Nº 05
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Juan Manuel Macías

PARTENIO

El giro del tiovivo es algo más que una conjetura
apenas sustentada en un vago enjambre de mayo.
El giro del tiovivo es aire, aire
que se deshila largamente sobre el clamor de los párpados y el palpitar de las mejillas,
y se adelgaza en un silbo tembloroso para morir frente al mundo,
alegando pasado.
¿Quién conoce el secreto
guardado en el cuello vulnerable de un susurro al oído?

Hagesícora da vueltas en torno al fin del día
sobre un caballito del color fugaz del pensamiento,
y el tiovivo va más y más aprisa,
hacia un extasis perplejo de mudanzas, nube
que finge mil paisajes y máscaras, materia
sola que persigue ser silencio.
El tiovivo insiste en su empeño de no llegar a sitio alguno,
en huida perpetua del invierno,
y se comba sobre sí mismo como una interrogación.
Y Hagesícora da vueltas alrededor del miedo de los hombres:
amazona dorada que monta sobre un sueño,
dejando a sus espaldas un perfume de ruinas.
Hay quien dirá que el tiovivo es un embuste,
sólo un terco chirrido de cigarra atormentada
bajo los andamiajes ciegos de la escarcha.
Mas no lo pienses y contempla a Hagesícora dar vueltas
sobre la vida y la muerte, altiva en su inocencia,
con sus cabellos del color incomprensible que gravita en las despedidas.
Contempla a Hagesícora volverse un rumor para siempre
sobre el mundo tendido, ya amapola.
¿Quién conoce el secreto
guardado en el talle quebradizo de una carcajada?

 

 

 

ADAGIO-INVIERNO

Unánimes de arpegios, los ascensores sueñan
su noche vertical, desangelada y lúbrica,
febril de transparencias.
             Sus entrañas
son engranajes de la pura ausencia,
geometrías desquiciadas
como un cristal de nieve o una postal del limbo.

(El tiempo, el tiempo, el tiempo. Los zapatos
con sus mapas de plazas y de tréboles.
La oscuridad antigua, que es el perfil de un gato,
muda esfinge, prefacio de tu espalda.
Las cisternas que gimen con la vida
que, soterraña, escapa a un lodazal lejano de promesas.
El tiempo, y esos valses de las antenas lánguidas,
y los sujetadores que gravitan como palomas rotas,
escarcha insomne de las mercerías.
El tiempo que se curva, terrible y femenino,
en los pechos azules
de la odalisca muerta.)

Pero la noche sigue, desde siempre,
derramándose en todas las escaleras,
y persevera en su alma de arrebatada cólera,
hasta que el sol declare en tu portal
el blanco del invierno y el miedo de los días,
y unas niñas de tristes, lentas trenzas
jugando a las ciudades encadenadas.

 

 

 

PUPITRE

A oscuras las palabras
hay que saber tocarlas
con la misma fe con que se toca un cuerpo.

A veces el viento del corazón las grita demasiado
para su débil condición de barro.
El viento del corazón pasa y confunde
y los labios se paran vencidos de pasado,
imperfecto cuando siempre,
cuando siempre era tarde y sin embargo nadie
terminaba de ponerle un collar de mansedumbre a ciertos verbos transitivos:
«yo tenía», «yo quería»
«yo sabía o podía»...
y sin embargo
un libro se iba pudriendo con todas sus horas ciertas,
con toda su rabia acumulada y triste,
con toda su gramática desconsolada,
abierto siempre por la misma escarcha
en el pupitre en que nunca te sentaste.

A veces las palabras
son sólo calles tendidas que conducen a la fiebre,
y la fiebre no es más que una bufanda tiznada de amarillo noviembre
en la garganta de los niños raros.

Y la lluvia, no olvidemos la lluvia, terca rueca de mundos sin moraleja,
y tanta historia vieja
dormida en los umbrales,
y tanta historia torpemente desprendida
de los catálogos de las diosas rotas,
sucias de ausencia, violeta y tiza.

Pero es la noche ahora, y las palabras
volverán a oscurecer como oscurece un cuerpo,
si las ciudades cierran sus párpados de lejos
y un delicado abismo se vierte en nuestras manos.
Porque sabemos que entre sombra y sombra puede caer una doctrina
y no hay un sí más rotundo que el de tu piel tocada, cantil preciso,
donde las dudas van quebrando, una tras otra, su estéril oleaje.
Y su mudanza.

No hay otra ciencia más clara y sin sordina
que las manos que escuchan y el corazón que toca.
La oscuridad establece su dictamen severo:
que todo puede ser cualquier cosa menos tu cuerpo
si se sabe llegar por el camino más corto,
el que va de alvargonzález a melancolía o nube
pasando por olvido, alberca, circe, berenice, cierzo.

Mira. Hemos llegado de muy lejos
al más difícil lugar de la sintaxis.
Hemos abierto las puertas más extrañas y vimos que ya no había nadie
sino la baraja inútil del tahur, los restos de algún lunes condenado, una verbena a medio hacer
y un podrido racimo de incertidumbre y miedo.
Todo estaba, finalmente, en nuestras manos.
Tu inventabas palabras cuando alguien apagaba los días
y yo las iba recogiendo para entender por qué una casa
sólo se dibuja con las manos de un niño y no de un arquitecto,
por qué una casa nunca dura para siempre,
por qué el tiempo y el modo y las personas,
y nadie inventó un paraíso para los juguetes rotos y los participios huérfanos de rima.

Mira.
He traído las palabras que inventaste a oscuras,
guardadas en su misma oscuridad.
Todas están aquí, ninguna falta,
incluso las que al mero roce duelen de sal y mar lejano
o aquellas, más indefensas, que si las acaricias demasiado
pueden confundirse fácilmente con una lágrima o un ángel.
Vamos a jugar a las palabras encadenadas.
Pero con el placer que sólo entienden los que juegan en serio.

Sí. En serio. Por favor. Es divertido.

Vamos a ponerlas una a tras otra, con la fe del capricho, con el tacto que inventa los caminos.
Una tras otra, las rescataremos de su lenta agonía de posibilidades,
les traeremos un hogar, una raigambre y un presente imperfecto para siempre,
una tras otra, hacia la luz del día.

 

 

(inéditos)