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- Kafka Nº 05
Páginas de un dietario inédito
Rafael Fombellida
A MENUDO me demoro en el regreso a Ítaca. Conozco bien la ruta, por mediocre y cotidiana. Me seduce, pese a ello, distraerme entre la clientela de los bares de siempre y de los bares de nadie; “al fin y al cabo, Nadie / es el nombre que escondo”.
Perderme en la maraña del centro comercial, hundirme en extrarradios, en afueras inexploradas, mientras vienen las horas nocturnas con esperanza de haberme perdido. Ensayo cualquier cosa con tal de llegar tarde, de no llegar. Entretanto se teje la mentirosa tela del horror, la malla del olvido. Adoro olisquear dentro de los portales, subir a los pisos altos, fisgar panoramas desde un ventanal en la escalera, escudriñar luceras y patios interiores buscando esa mujer cantando en su cocina, la chica cambiándose de sujetador en su alcoba. Entretanto se teje la urdimbre que me apresa.
Sé que habré de encontrarla. Al doblar una esquina, traída por una ráfaga de viento, en la línea de bus que circunvala esta ciudad. Sé que habré de encontrar a aquella que me separe de Ítaca. Encontraré a Calypso, deseada. Y si no fuera ella, o nunca apareciese, habré de condenarme a transitar los bulevares vacíos, el hueso blanco de las barriadas, con el frío en el cuello del foulard que Aracne teje para mí.
LLEVA TATUADA una araña en su tobillo izquierdo. Una mujer no miente acerca de su condición.
CONVERSAMOS MUCHO rato en torno a una mesa, en la cafetería del Hotel Bahía. Ante mis ojos había desplegado su ramillete de poemas, breves, concisos, poemas pulidos como cuentas de nácar, naturales como cantos rodados. Le habían pedido un libro desde una editorial y estaba allí, entre perpleja y asustada, mostrando su rosario de versos, repitiendo “no puedo dárselo, no puedo dárselo, con esto no hago nada”. Traté de convencerla de que se equivocaba.
Había material suficiente y, además, muy puro. Versos como lavados por las aguas de un torrente de montaña, sin mácula de estafa. Fui leyendo despacio, con atención, con mimo, sugiriéndole cosas pero, a la vez, dejándome impregnar por la radiante claridad de una poesía que sentía compañera del aire, amiga de lo permanente. Eran poemas de una vigía nocturna, de una insomne, una contempladora de la luna. Y estaba en esos versos la luna entera, circular, quieta, láctea, confirmada por su halo verde, mirándose en el río que se agacha bajo un puente de piedra. La luna en el alféizar tocada con corona neblinosa, señalando la maraña del hayedo, senderos de plata regresando al bosque. Entreveía en sus versos la tonalidad de una noche templada, la música oscura resonada en ella. Compases de “Fratres”, de Arvo Pärt, o “Cabin in the Rockies”, de Philip Glass. Guitarra profunda de Pat Metheny, de Alex de Grassi.
“Sé que una noche danzaré desnuda / bajo la luz de la luna, / solas su blanca luz y yo”. Me quedo sin saber si alguna madrugada, bajo la atormentada luna de estío o la clara y enorme, como un plato de porcelana, de finales de enero, cumplirá ese deseo tan ligado a antiquísimos ritos panteístas, a la ancestralidad del septentrión, a cierta barbarie elemental y arcana. No sé si alguna noche, a Adela Sainz le correrá la lluvia a lo largo del cuerpo bajo la tembladera turbia del satélite. No estaré para verlo. Mientras tanto, me seguiré dejando mojar por agua del río de sus versos, corriente nocturna traída por esa música que tantas veces ansiamos escuchar.
DURANTE ALGO más que unos breves minutos, yo fui Niklas Nilsson. En la terminal del aeropuerto de Málaga confundieron los resguardos de nuestras respectivas tarjetas de embarque, y durante un nada desdeñable lapso de tiempo, me convertí en el pasajero sueco. Me recosté en mi asiento con el aroma en los labios, una fragancia de nueces y cereal tostado, que me dejara la piel de una colega georgiana cuyo nombre no había podido aprender a pronunciar correctamente. Sus ojos rasgados se me iban borrando envueltos en traslúcida bruma de alcohol y hachís, pero lo que tenía aún clavado entre los míos era la gloriosa abertura de su sexo. Rasurado al completo, y circundado por una epidermis granulosa semejante a la del pollo hervido, su gruta lucía tantos piercings, bolas y colgantes, que parecía un árbol de Navidad. Bien podía explicar mi gran facilidad para recordar el sexo de mis amantes, cuando con sus rostros o sus nombres jamás me sonreía tal virtud.
Traté de olvidar, mientras la bala fusiforme del avión ganaba altura, momentos de inocente felicidad tanto como de angustiosa tragedia. También me azotaban como un látigo las facciones crispadas de dolor, los ojos sacudidos por una pavorosa incredulidad, de nuestro camarada Kristinn, el pobre islandés que rompió su espinazo jugando en la piscina de la residencia. Diecisiete años. Y ahora estará manejando su camilla electrónica entre las fumarolas de su país de lava. Ojos desorbitados de Kristinn, y nebulosos de Lezhia Chitschasvili, o Chodzasvili, qué se yo, se intercambiaban al cerrar los míos.
Medio dormido, quería imaginarme el inmediato futuro. Cuando el avión se equilibró soñaba con dorados campos de centeno, con volver a patinar en el lago Aspren desde octubre hasta marzo, con un abrazo de Jonas, cariñoso, bienhumorado, compartiendo la alegría perpetua de su intransitable imbecilidad. Pensé que no podría mentir más a mi madre. En eso estaba cuando, lo mismo que un calambre en el esplenio, me sobrevino el pánico. Pánico recrudecido en cada uno de mis vuelos. Horror a caer sobre el suelo de un país extranjero y que mis recuerdos se pudran allí, diseminados e irreconocibles. Cruzó entonces mi mente la vida de costumbre, sus abrigadas rutinas; los jardines del campus en Örebro; mi cuarto de estudiante repleto de vinilos; el escote de Bette, la melena cobriza de Roxanne, las comisuras labiales de Margareta; mis raquetas de tenis guardadas en su funda, sobre el escritorio; las fotografías con mi equipo de hockey. Y aquella otra foto tomada por mi padre cuando era solo un niño, en un glaciar chileno.
Él, como vulcanólogo, conocía muy bien aquellos parajes. Frente a la desmoronada lengua del glaciar Balmaceda comparó con la vida el destino del hielo desplomado.
-Fíjate bien: como estas islas de hielo sobre el agua se van a la deriva nuestros recuerdos, desprendidos del tronco superior de la memoria. Flotando en un olvido cada vez más profundo. Lo peor de todo es que esto suceda en un país extranjero, pues entonces los recuerdos no se reencuentran, se disuelven en la nada, sin transferencia, sin memoria ajena que los acomode entre los suyos.
No era esta la primera vez que su trabajo lo llevaba a tierras patagonas. Desde Punta Arenas pretendía hacer la travesía en un congelador japonés hasta la Antártida, hasta Isla Decepción. Mi madre y yo le esperaríamos en Hacienda Flores. El nombre del lugar en donde estábamos no me gustaba nada: provincia de Última Esperanza. En un camino enlodado su todoterreno derrapó y volcó. En aquel país de nadie murió mi padre y allí se dispersaron para la eternidad sus queridos recuerdos.
Me despertó una voz violenta y ronca gritando mi nombre:
-Sénior Ráfiel…Fombee…lida…
Era un mocetón tosco, rubio, con las cuencas enrojecidas y el iris cuarteado. Extendiendo su mano me mostraba un papel blanco, papel que me pertenecía. Me explicó en un inglés impecable que si teníamos un accidente y nuestros cuerpos quedaban irreconocibles, él yacería en España con mi nombre, y su memoria permanecería para siempre desleída en la nada y sin hogar. Se me escapó la risa ante tal ocurrencia.
-Lo encontrará curioso, nunca nos hemos visto, pero juraría saberlo todo sobre usted―, me dijo.
Le devolví su resguardo con rápido gesto, le estreché la mano y deseé buen viaje. No tenía ganas de entablar conversación con un loco cualquiera. Le dejé con la palabra en la boca cuando empezaba a balbucir no sé qué acerca de una cogorza y una mujer del Cáucaso.
Eso sí, al volver a mi asiento y comprobar que mi destino no era el aeropuerto de Arlanda, sino la modesta pista de aterrizaje de Santander, aparte del natural desengaño se me apareció de súbito el rostro atezado de una georgiana que creía haber conocido, puede que estando muy borracho, puede que alguna Navidad.
EL COLLAGE de Sara colgado en mi salón. No sé si ella lo sabría, pero yo me di cuenta de inmediato. El retal de revista era de los años treinta, y representaba un fondeadero, su rada de aguas calmas anillada por una vertebradura de montes helados. A la estela de un navío ballenero, la artista había situado su retahíla de barquitos de papel pegados a la foto; barquitos infantiles, burlones, que parecían encontrar calor maternal arrimados al viejo buque. Hilera de cuentas de papel de periódico. Su título, mecanografiado al pie de la obra, rezaba simplemente: “Un invierno entre los hielos”.
Reconocí ese lugar nada más verlo. Cuando Juan Riancho, dueño de la galería Siboney, descorrió el panel del cual pendían las obras para que eligiera pieza, se descolgó en mis ojos el fondeadero antártico de Isla Decepción, Monte Kirkwood, la Bahía de los Balleneros, con sus barracones de madera y su cementerio de marinos congelados. Abría la fotografía, en primer término, la Albufera de Kroner, y la cerraban las escarpaduras de la Ventana de Neptuno. En aquel tiempo yo pasaba también mi particular invierno entre los hielos de la hostilidad. En sus grietas yacía congelado.
Lo señalé con el índice. Días antes, durante una entrevista, alguien me había hecho la tópica pregunta imbécil sobre qué cosas me llevaría a una isla desierta. Paseando calles de la baja Santander, metida en una bolsa y enfundada en varias vueltas de plástico de burbujas, era yo quien me llevaba a casa esa isla desierta, abrigada y caliente como un fragmento de memoria. Con sus nombres de nadie, nombres sin igual en este mundo. Con su desolación y su aislamiento, con su amistoso refugio entre hielos perpetuos.
Isla Decepción, una casa mental protegiendo la mía.
