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Kafka Nº 05
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Entrevista a Esther Tusquets

Por Álex Chico

“Prefiero vivir una vida intensa que una vida feliz”

Entrevista a Esther Tusquets, por Álex Chico. Barcelona, 4 de mayo de 2009.

Esther Tusquets me recibe en su piso barcelonés, situado en el barrio de Sarrià. Uno de esos espacios urbanos esenciales en su vida, al que habría que añadir ciertas calles de l´Eixample. Poco antes de este encuentro, había escuchado a Esther en un reciente congreso sobre el poeta José Agustín Goytisolo. Barajaba la opción de entrevistarla desde hacía algún tiempo, pero, si tuviera que señalar un momento preciso, diría que fue a partir de aquel encuentro cuando decidí ponerme en contacto con ella. En estos casos, ayuda enormemente la cordialidad, la afabilidad y la cortesía del entrevistado. Más cuando se tiene la sensación de estar delante de una de las figuras más representativas del panorama literario español del siglo XX. También, directa o indirectamente, del XXI. Suerte, por eso, que Esther Tusquets sea, además de una gran escritora y una gran editora, una persona excelente, alguien con quien charlarías ininterrumpidamente. Alguien, en definitiva, a quien es un placer escuchar. Quizás se deba a que Esther Tusquets no necesita esconderse detrás de proclamas o manifiestos estériles, ni pretende causar admiración. Su búsqueda se ha limitado a esos momentos intensos que justifiquen, al final, la propia existencia. Y le otorguen, antes que nada, una certera sensación de plenitud. Como en aquel poema de Kavafis que uno siempre tiene en mente.

Revista Kafka: Quizás, por la importancia que adquiere dentro de su obra, me gustaría comenzar hablando del lugar que ocupa su madre. En Habíamos ganado la guerra escribe: “A veces me parece que sólo he escrito sobre mi madre, o contra mi madre, sin lograr nunca cancelar el conflicto, pasar página, quedar en paz.” ¿Es el tema esencial de sus novelas?

Esther Tusquets: En mi obra ocupa un papel importantísimo. Cada vez que he terminado un libro pienso que el tema está zanjado y luego vuelve a aparecer siempre. Yo creo que la relación entre madre e hija es una de las más conflictivas, más ricas, más complicadas, más ambivalentes.

RK: Una madre de “inconformismo fácil” y de “esteticismo cuadriculado y perfecto”, escribe en El mismo mar de todos los veranos. En esta misma novela, se habla de una madre que se dedica a reordenar los espacios, como luego nos explicará en Correspondencia privada o en Habíamos ganado la guerra. ¿Qué hay de autobiografía en esas visiones noveladas?

E.T.: Mi madre era una persona profundamente insatisfecha. En algún momento he dicho que es la persona que más se ha aburrido en el mundo. Sin embargo, era muy activa, muy capaz y se dispersaba haciendo estos cambios, con las paredes, con las puertas, cambiando la decoración, los muebles. Para ella era un entretenimiento, pero era un poco incómodo para mí. A mí me gusta que las cosas estén lo más quietas posible. Todo lo que he contado contiene elementos autobiográficos y todo lo que escribo sobre mi madre también.

RK: En El amor es un juego solitario, por ejemplo, la madre de Ricardo se muestra como una mujer inaccesible. O la madre de Sara, el personaje de Siete miradas en un mismo paisaje, por poner dos ejemplos. Niños que no saben amar porque no les amaron en la infancia. ¿De alguna manera esa falta de amor materno, o familiar, condiciona a sus personajes?

E.T.: Sí, sin duda. Lo que te ocurre los tres o cuatro primeros años es muy importante. En estos personajes todo se relaciona con su vida familiar, con el mundo de sus padres.

RK: “Ha llegado un instante en mi vida en el que de todo hace ya demasiado, mucho tiempo”, leemos en El mismo mar de todos los veranos. En esta novela se habla también de “niños envejecidos”, nunca adolescentes. Parece que eso sea lo se les ha escapado a los personajes, su adolescencia. ¿De ahí que sigan siendo adolescentes o quieran seguir siéndolo?

E.T.: En general creo que el ser humano no madura. Muchos hombres permanecen en la infancia y las mujeres nos quedamos en la adolescencia. El mundo está lleno de mujeres que no son seres humanos plenos, sino adolescentes. Es difícil llegar a la madurez. Supone una aceptación de la realidad que no es fácil. La sensación es que el tiempo pasa deprisa. Sin embargo, la vida humana es larga, da para vivir una etapa, y luego otra, y luego otra. He de decir que mi vida ha estado muy llena. Tengo setenta y tres años y he hecho muchas cosas, muchas más tonterías de las que hacía falta. No necesitaba siquiera tanto tiempo. 

RK: Dice, en Prefiero ser mujer, que las frustraciones, lejos de olvidarse, suelen enconarse con el paso de los años.

E.T.: Hay gente que consigue superar una frustración, pero otra parece que la ha superado y piensa que no ha pasado nada y acaba dejándola en algún lugar escondido y peligroso. La frustración es sentirse maltratado sin razón y sin posibilidad de defensa. Hay otras que saltan por encima.

RK: ¿Cree que los personajes de sus novelas pagan esa frustración?

E.T.: Los personajes de mis novelas suelen ser poco afortunados, si lo que se supone por afortunado es ser feliz. Son unos torpes seguidores de la felicidad. No dan ese salto, se paran. Ese es el final de en El mismo mar de todos los veranos: la protagonista decide seguir con el marido, con toda aquella sociedad, que durante unos días ha pensado que no tenía ningún interés para ella. Pensaba que aquella vida era falsa y que había que dejarla como fuera. Sin embargo, acaba quedándose allí.

RK: En un momento de Con la miel en los labios, escribe: “Aquello que ha sucedido una vez existe ya para siempre”.

E.T.: Eso no es mío, es de un escritor catalán, no recuerdo ahora cuál… Es bonita la frase, ¿verdad?

RK: Un aspecto ligado a esta idea es la presencia de los viejos fantasmas. Me viene a la memoria, por ejemplo, el psiconalista de Para no volver, que sirve de percha donde colgar los fantasmas de la protagonista. O las cartas de ¡Bingo!, que resultan un diálogo imaginario con el pasado. En Correspondencia privada habla de que en ese proceso de envejecimiento tu mundo se puebla cada vez más de fantasmas, recreando Fresas salvajes, de Bergman. ¿Esos fantasmas son la vaga imagen de lo que han perdido?

E.T.: Exacto. Es sencillamente literal... Ese vacío cuando la gente muere, sobre todo los hombres, que os morís enseguida –y con una sonrisa. Las mujeres duramos un poco más. Claro, a partir de cierta edad, vives constantemente en un mundo de fantasmas. Vas por la calle y piensas ver a alguien y te das cuenta de que no puede ser, porque murió. Te pasas la vida tachando en la lista de teléfonos a gente a la que ya no podrás llamar nunca. Piensas en alguien con quien te apetece ir a comer y charlar y, de repente, alguien te dice que ha muerto. Ya no tienes la oportunidad de hablar jamás. Por ejemplo, ha muerto Ricard Salvat. Yo llevaba dos años pensando “tienes que llamar a Ricard”, porque hay un montón de cosas que quería recordar juntos. Los fantasmas son las cosas que ya no existen.

RK: Aunque dice que Correspondencia privada no es autobiográfico, ¿puede tratarse de un “ajuste de cuentas” con sus propios fantasmas?

E.T.: Decir que no es autobiográfico es rizar el rizo, sembrar la confusión. Sí es muy autobiográfico, como se verá comparándolo con las memorias.

RK: Sin embargo, a pesar de esos viejos fantasmas, sus personajes parecen condenados a avanzar, a pesar de que el camino les asuste o les repugne. Aceptan los desafíos. Recuerdo una frase de Kafka, citada por Vila-Matas, en donde decía que echarse atrás es un sufrimiento que se podría evitar. ¿Se ajusta esta idea a lo que opina sobre sus personajes?

E.T.: Creo que soy yo la que se ajusta a esta idea. Una de las cosas que me gustará en el momento de morir es pensar que no me he perdido prácticamente nada por miedo. Todo lo que la vida ha puesto a mi alcance lo he tomado. Me daría muchísima rabia morir y pensar: “Qué pena, podías haber hecho esto y tu vida podía haber sido distinta si te hubieras atrevido a…”. He tomado todo lo que me ha dado la vida. Porque, además, creo que sólo vivimos una vez… Pensar esto es básico. Si creyera en algún tipo de supervivencia, tendría más tiempo después y la cosa podría ser muy distinta. Pero, como creo que te mueres y se acabó la función, para toda la eternidad, hay una voracidad de acumular el máximo de experiencias. Siempre he dicho que prefiero vivir una vida intensa que una vida feliz. Me parece muy raro el amor para toda la vida, una vez superada la adolescencia. Si tuviéramos otras vidas, podríamos decir: “Te amaré hasta la muerte y en otras vidas ya veremos”. Esos novios que se conocen a los quince años y siguen juntos enamorados a los cincuenta… No sé, me causa una especie de estupor. Pero no, no les envidio.

RK: En ese sentido, se puede hablar de un proceso de aprendizaje en los personajes. Desde Óscar en el zoo, en La Reina de los Gatos, hasta Sara, en Siete miradas en un mismo paisaje. ¿Le interesa especialmente ese tránsito, esa sutura que marque un antes y un después, ese abandono de la infancia?

E.T.: Supongo que sí. El modo al que se asciende a la adultez, que puede ser a los diez años, creo que es muy interesante. Vives en un mundo y, de repente, te das cuenta de que las cosas no son como te dicen ni como te están contando. Lo que te han explicado deja de funcionar. Te das cuenta de que no es verdad, de que no liga con lo que ves. Es un momento difícil. El libro Siete miradas… sólo pretende reflejar esto. Son siete momentos de crisis, en los que el personaje descubre que el mundo no consiste en lo que creía, que el mundo es otra cosa.

RK: Una característica que define a esos personajes es la torpeza, consecuencia de su inexperiencia emocional o sexual. Son personajes que se enfrentan al mundo desde el no saber, desde la especulación. ¿Cree que esta es una de las características que les define?

E.T.: Sí, una torpeza para vivir, seguramente. Están mal preparados para encajar en el mundo en el que tienen que moverse.

RK: Parecen personajes pasivos, sobre todo sexualmente. El protagonista de ¡Bingo!, cuando va a pintar a Elisa, su amante, habla de que es “demasiado obvia la desnudez, demasiado vacía de misterio, mejor su cuerpo entrevisto, adivinado”. Así parece tratado el erotismo en su obra. ¿Se pretende, ante todo, sugerir, más que evidenciar?

E.T.: Soy muy “fina”, soy una señorita muy educada y siempre me quedo en los umbrales. El peligro es que resulte un poco cursi. Puede ser un exceso de pudor. Hay palabras que soy incapaz de escribir y palabras que soy incapaz de pronunciar. Quizás en el último libro cambie un poco y llame a las cosas por su nombre.

RK: Vayamos al tema del juego, un aspecto que atraviesa buena parte de su obra. ¿La diferencia entre encerrarse con un solo juguete en Tusquets y Marsé es que en sus novelas ese juguete no simbolizaba tanto el sexo, sino la huida, la imaginación, la evasión?

E.T.: No lo sé. Nunca me he encerrado con un solo juguete. Para Marsé supongo que ese juguete era el sexo. Yo siempre fui una niña rara, no fui de ninguna parte. Siempre he sido una desclasada, cosa que tiene inconvenientes y ventajas. Nunca he sabido quiénes son los míos.

RK: En Confesiones de una editora poco mentirosa rememora las partidas de póker en casa de los Masats. También habla de esas primeras partidas de naipes con dinero, donde ya supo que era en potencia una ludópata. Y todo ello a pesar de las interrupciones de Gimferrer. La presencia del juego es especialmente notoria en su novela ¡Bingo!, donde describe ese espacio como un templo de libertad, como un refugio de camaradería, con una surtida tipología de personajes (el matemático, el filósofo de medianoche, la mujer de rojo…) ¿Por qué exactamente un bingo?

E.T.: Ahí fantaseo un poco, pero, claro, para encontrar un ambiente no puedes ir a un bingo a las seis de la tarde, que es cuando están las señoras tomando el té. Hay que ir a las horas de la madrugada, y si es más canalla, mejor. El bingo populachero, donde se juegue más dinero. Hay gente muy curiosa allí (hay gente muy curiosa en todas partes, pero en el bingo parece que todavía haya más). Es muy interesante cómo gente culta, que debería pensar con más o menos sensatez, se apunta a todas las locuras y supersticiones: quemar los papeles encima de la mesa, pasar el cartón por algún sitio que cree, según él, da buena suerte... Y lo dicen convencidos. El jugador es curioso. Recuerdo una noche, ya tarde, con muy poca gente jugando, y muy poco dinero en juego, me veo esa noche con una amiga del bridge, las dos jugando como idiotas, como si se nos fuera la vida en ello, por veinticinco euros, que además no tocan casi nunca, porque el bingo se queda mucho más que los casinos. El porcentaje de lo que se queda la casa y hacienda es mayor.

RK: Uno de los aspectos que más destacan en sus novelas es la intertextualidad. Hay una relectura continua. Fragmentos de El mismo mar de todos los veranos en Habíamos ganado la guerra, por ejemplo. ¿Es una manera de conectar sus obras para crear la sensación de que se trata de una única historia?

E.T.: Podría ser, y me gustaría que así fuera, pero también ha sido casual. Me gustaría hacer una reversión de mis tres primeras novelas. Modificarlas, corregirlas y hacer más clara la vinculación entre ellas. Me gustaría editarlas juntas, una trilogía del mar. Ya en la edición última de El mismo mar…que hizo Castalia, dirigida por Santos Sanz Villanueva, había cambios en ese sentido. Se da la clave de que estamos leyendo una misma historia.

RK: Ana María Moix, en el prólogo a La Reina de los Gatos, habla de Esther Tusquets como una fanática y una empedernida lectora de cuentos. Me viene a la memoria el personaje de El mismo mar de todos los veranos: cuando le cuenta la historia de Jorge a Clara, comenta que empleará el lenguaje de los cuentos, como si así pudiera doler quizás un poco menos. ¿Cree que la relación de estos personajes con la literatura infantil edulcoran o mitigan su mundo de complicaciones y deseos frustrados?

E.T.: No recuerdo la frase. Para mí revisten un papel esencial. Depende de la educación que te dan. A mí me enseñaron a entender el mundo a través de la mitología griega y de los cuentos de hadas. En cierto modo, sigo anclada ahí. Mi idea del amor, de la amistad, de la lealtad, procede en gran parte de los cuentos.

RK: No sólo aparecen personajes infantiles. También un sinfín de autores y obras: desde Stefan Zweig, Ovidio, Somerset Maugham, hasta el Cantar de los Cantares, por poner unos pocos ejemplos.  ¿No cree que a veces esta “información” supone una carga pesada que les invade de prejuicios?

E.T.: La verdad es que no tengo conciencia de cuándo lo hago. Hablo de los libros que me han influido, de los libros que realmente me han cambiado. Yo considero que la lectura de un libro sólo tiene sentido cuando descubres que al terminarlo no eres exactamente el mismo. Todos los que cita son libros que me han enseñado a ver las cosas de forma diferente…

RK: Me interesa también esa vuelta de tuerca. Por ejemplo, en La Reina de los Gatos, donde el personaje de Óscar no entiende cómo Blancanieves puede abandonar a los enanos por culpa de un príncipe. O en El mismo mar de todos los veranos, donde no sólo se fija en Teseo como liberador de Creta, sino en el personaje que abandona a Ariadna en la isla de Naxos. ¿En realidad se ha de buscar al Minotauro?

E.T.: Quizás sí habría que tomar partido por el Minotauro. Es un personaje fascinante. Y después de lo mal que se comporta luego Teseo con Ariadna… No es muy estimulante. No tengo una visión muy optimista de la humanidad, y de los hombres menos, esa es la verdad. No es que las mujeres seamos una maravilla, pero tal vez estamos un poquito mejor. Como si la humanidad cambiara por mutaciones y la mujer hubiera dado un paso adelante que los hombres les cuesta mucho seguir. Y les cuesta mucho seguir porque  supone una pérdida de poder. Y a nadie le gusta perder poder.

RK: Es interesante como sus personajes masculinos, por lo general, siempre someten a juicio a la mujer. Recuerdo a Xavier, a Ricardo…

E.T.: En mis primeros libros los hombres prácticamente no existen. Sólo existen en su relación con la mujer. En los últimos, quizás tengan más entidad. Creo que cada vez hay más personajes masculinos en mi obra. Soy bastante…, no sé si decir feminista, porque que sea feminista una mujer es obvio. Es como decir que respiras. Las que nos son feministas son muy tontas o mienten. Cuando exista una igualdad real de sueldos empezaremos a hablar.

RK: Alguien comentó que el día en que una mujer incompetente alcance un puesto importante se habrá conseguido la igualdad.

E.T.: No recuerdo quién lo dijo, pero yo lo utilicé en alguna ocasión, hasta que mi hermano me advirtió: “Deja de utilizar esto, porque ahora ya ha pasado”. Y tiene razón, porque ya hemos tenido mujeres absolutamente incompetentes ocupando cargos de poder.

RK: Otro de los temas fundamentales, desde mi punto de vista, es el desencanto que sufren los personajes. Se vienen abajo tres de los pilares más importantes: el amor, el arte y la revolución, de los que habla en ¡Bingo! ¿Cree que esos son los tres ejes sobre los que configuran su vida los personajes?

E.T.: Sí, sin duda. No hablo de la humanidad, que se mueve por otros objetivos. Por ejemplo, el dinero, que es básico. El dinero ha ido adquiriendo una importancia desorbitada en relación a todo lo demás.

RK: El personaje de ¡Bingo!, ese hombre cercano a los sesenta, es el único personaje consecuente con su aventura con Elisa, con quien se fuga. No como los personajes anteriores. Es curioso que el único que haya dado ese salto sea el que, en apariencia, tiene su vida más establecida.

E.T.: Creo que esa es mi única novela optimista. Quizás, ese personaje consigue dar el salto porque es el que más harto y aburrido está de todo.

RK: Uno se pregunta hasta qué punto estiman sus personajes la realidad. “…en este mundo engañoso y maléfico, yo aprendí a malvivir eligiendo palabras, nunca realidades”, comenta en El mismo mar de todos los veranos. Parece que formen parte de una película ya filmada.  Es como ese ojo de la cerradura por el que mira Clara a Ricardo y a Elia, donde ve pero no interviene. ¿Qué lugar cree que ocupa la realidad, lo tangible, y qué lugar cree que ocupa la fantasía en sus novelas?

E.T.: La realidad es un lugar muy importante que al final se termina imponiendo. Casi todas terminan con el triunfo de la realidad. La realidad es que una señora no deja a su marido para largarse con una jovencita latinoamericana, sino que todo el mundo acaba sometido, resignado, a la realidad que vive. Creo que la realidad acaba imponiéndose.

RK: En el cuento “En la ciudad sin mar”, el personaje de Sara no se enamora sólo de Roxana, sino de la proyección que ella misma se ha hecho de Roxana.

E.T.: En el fondo, Sara actúa moviéndose por la curiosidad. No se enamora de Roxana. Tiene curiosidad por ver lo que hacen en la cama, por ejemplo, curiosidad por ver en qué consiste aquello.

RK: Otro ejemplo es la declaración que le hace a una amiga en el último artículo, o cuento, de Prefiero ser mujer: “y entonces, para escapar, te inventaste un amor”.

E.T.: En este caso lo que inventa es que se enamorara de su marido. La fantasía no es más libre ni más hermosa que la realidad. Es una falacia, una manera de aceptar la realidad disfrazándola de otra cosa.

RK: Hay algo por lo que siento especial simpatía hacia sus personajes. Se trata de sus pequeñas disidencias. Pondré sólo un ejemplo: la venganza de Marta con Sandra, a la que quema con una cuchara ardiendo, después de que ésta matara al nido de golondrinas, en La Reina de los Gatos. ¿Hereda esas transgresiones de su madre, como explica en Correspondencia privada?

E.T.: No, mi madre hacía transgresiones mucho más rentables. Las transgresiones de mi madre eran seductoras, eran para ponerse en contra de la sociedad, para mostrarse distinta y seducir.

RK: A veces, esas pequeñas disidencias hacen que podamos hablar de personajes desplazados. Sus personajes acaban en el último rincón, el más oscuro, son amigos de las sombras y de las noches sin luna. Cuando habla de Esteban en Correspondencia privada escribe: “habían hecho la revolución sin contar contigo”.  Importante también la pregunta que se hace en Habíamos ganado la guerra: “¿qué izquierda era la mía?” ¿Qué o quién les desplaza?

E.T.: El caso de Esteban obedece sencillamente a la edad. Cuando se proclama la República él tiene unos catorce años. En el segundo caso, habría que precisar qué es ser de izquierdas. Hay un montón de experiencias que te condicionan de alguna manera. De esto hablo también en el último libro. No basta que diga: “Soy de los vuestros”, dirigiéndome a la clase obrera, porque la clase obrera puede argüir que cuando ellos se morían de hambre y les venía a buscar la policía en mitad de la noche, tú estabas viviendo a lo grande. Y ¿en qué consiste actualmente “ser de los suyos”?, ¿en votar un partido supuestamente de izquierdas?

RK: Andrea, en Con la miel en los labios, se debate entre la literatura y la política, entre la fantasía o la realidad. ¿Se les exige o se exige Ud. misma cierto compromiso con la realidad?

E.T.: Como escritor hay que escribir bien, o sea, lo mejor que sepas y puedas, pero como miembros de una comunidad, sea cual sea tu profesión, deberías estar comprometido con la sociedad en que vives. El intelectual tiene que asumir la realidad y dar las claves para que la gente la entienda. Yo creo que necesitamos unos pensadores que nos marquen pautas, que nos digan hacia dónde se debe ir.

RK: Hablemos de esa gauche divine, compuesta por cineastas, novelistas, editores, arquitectos, modelos, empresarios, hasta siquiatras, como simboliza Villa Médicis. Esteban, por ejemplo, en Correspondencia privada, detesta a esa gauche divine, por frívola. ¿Hay una crítica abierta a esa generación?

E.T.: En principio, hablo a favor de la gauche divine. Si tengo que establecer un juicio, mi conclusión sobre la gauche divine es favorable. Creo que desempeñaron un papel positivo.

RK: Es interesante hablar en este sentido del mítico encierro de Montserrat, que defiende Andrea, y que el resto del grupo critica. Es muy interesante el capítulo donde habla de aquella experiencia en Confesiones de una editora poco mentirosa. ¿Cómo juzga, pasados los años, aquella pequeña revolución?

E.T.: Fue interesante, porque todo el mundo se mostró tal cual era. Hubo cantautores (Mota, Serrat…) que cantaban para distraernos, mientras que Raimon sólo cantó, en tono trágico, cuando entró la policía. Castellet, maniobrando y manipulando y haciendo de portavoz del abad. Ferrater no paraba de decir: “Ay, cuando Marta [Pessarrodona] se entere de que estoy aquí”, e hizo un discurso brillantísimo a favor de que lo dejáramos. Ana María Matute, enamoradísima de Julio, sólo pensaba en lo que él le había dicho que tenía que llevar en estos casos: una manta, una botella de coñac y la tercera no recuerdo. Ana María Moix, metida en sus amores y en sus fantasías… La Moix, la Matute y yo, que fuimos juntas, no pasamos miedo ni un instante, metidas en nuestro rollo. Se dijo que no se hicieran fotos, pero hubo quien se ponía en la mesa central para que la fotografiaran, o sea que… Hubo quien tuvo un ataque de miedo y huyó con unas sábanas por la ventana. A mi hermano le dijeron que allí no se iba a encerrar nadie, que sólo se iba a decidir si había que encerrarse. Se lo creyó y cuando vio que no se trataba de eso, sino de encerrarse, se largó. Su mujer se quedó. Lluis Clotet se quedó. Es decir, cada uno hizo su papel. Un judío mallorquín, un poeta, llamó a la puerta de nuestra celda. Éramos seis y no cabía nadie más.  “Ah, claro, como soy judío no me queréis”, nos espetó. Nosotros, con mala conciencia, “entra, entra, entra”, como unos idiotas. Al final, todos apretujados. Entonces, se le ocurrió que para pasar la noche contáramos nuestra primera experiencia erótica. Él fue el primero en contarla. Nadie contó nada. ¿Cómo vas a contar tu primera experiencia erótica, allí en Montserrat, delante de seis personas? Todos acabamos dormidos antes de que acabara.

RK: Hubo gente que no fue y que se sintió ofendida porque no les habían llamado…

E.T.: Exacto. Estaban ofendidos, como si no les hubieran invitado a una reunión de alta sociedad. Te acusaban de haber ido para aparecer en los medios y aseguraban que so había servido políticamente para nada. Yo creo que sí sirvió.

RK: Sin embargo, es ridículo, porque la convocatoria fue clandestina, se trasmitió de boca en boca.

E.T.: Lo que no se entiende es que no se enterara la policía. La izquierda que yo conocí, la gauche divine, era muy imprudente. Cogían a uno y le pillaban con la agenda, donde tenía otros nombres. Todo el mundo iba con la agenda, con todos los nombres, con todos los teléfonos, con toda la información… Entonces se monta una manifestación en Montserrat y la policía no se entera. Llegaron tardísimo, cuando ya habíamos entrado casi todos. Fue algo muy raro, pero fue así.

RK: A menudo se ha destacado en su obra una crítica a la burguesía, “esa burguesía timorata y sin raíces a la que pertenecemos”, como escribe en Correspondencia privada. ¿La biografía Habíamos ganado la guerra venía a ocupar un espacio del que apenas se había hablado?

E.T.: Habíamos ganado la guerra fue una sorpresa por muchas razones. La primera sorpresa es que se vendiera. Me escribió mi hermano diciéndome que se alegraba de que hubiera vendido tanto. Y me decía que no entendía que la historia de tía Sara y de monseñor Tusquets le fuera a interesar a alguien. Como el libro puede resultar provocativo pensé que la burguesía se enfadaría. Pues resultó que no, todos encantados. Se reconocían, reconocían los lugares, reconocían hechos del pasado… Se decían: “Mira, esta es Caqui, la prima de…”. Y otros: “No, no, esta es Mari Carmen…”. Lo que más les divertía era reencontrarse, reconocerse, recordar su juventud. O sea que no se ofendió nadie.

RK: Recuerdo un momento de uno de sus libros donde dice que a la burguesía catalana le gusta que la critiquen, que no le doren la píldora…

E.T.: Es que a los catalanes nos gusta que nos traten mal. No me extrañaría que ahora en el fútbol perdieran todos los campeonatos… Celebramos el once de septiembre, que es el día de una derrota. Ya son ganas, ¿no? Somos unos masocas.

RK: Sobre el estilo que emplea en sus obras, vemos, sobre todo en sus primeras novelas, una predilección por las frases largas, separadas muy de cuando en cuando por puntos y seguidos que comienzan por alguna conjunción. Un estilo barroco, elíptico, centrado en el lenguaje. Sin embargo, en una reciente entrevista constata algo que es cierto: su estilo se ha vuelto cada vez menos barroco, tiende hacia la simplificación. ¿A qué cree que se debe ese cambio?

E.T.: Sí, eso es cierto. Es involuntario, es decir, no elijo cómo voy a escribir ni el estilo en el que voy a escribir. Mi estilo tiende a la simplicidad, pero no es que yo me lo haya propuesto. Me alegra, porque me molestaba ser tan… Los primeros libros son muy duros de leer. Los traductores se volvían locos. Me preguntaban: ¿el paréntesis que empieza en la página siete dónde se cierra? Y yo venga buscar, y a lo mejor no se cerraban en ninguna parte o a lo mejor se cerraba en la página quince. Prefiero los estilos más simples, más limpios, más concisos.

RK: Con todo, es interesante el estilo de esos primeros libros, que producían una sensación de continuidad.

E.T.: Sí, salían a chorro y continuaban así hasta el final. Sólo en la última parte de Varada tras el último naufragio quiero marcar un cambio y suprimo la puntuación.

RK: Podríamos decir que es un estilo muy cercano a la poesía, en su deseo de fijar hasta el último detalle, aunque apenas ha acudido a este género, si exceptuamos sus primeras incursiones en la adolescencia. ¿Tiene conciencia de hacer una prosa poética?

E.T.: Aquellos poemas adolescentes eran muy malos. No elegí los modelos adecuados. Los escribí muy joven, de los catorce a los dieciocho años. Mi padre pagó una pequeña edición, y la principal vendedora fue la manicura que los colocaba en las casas donde iba. No sé si debió llegar a alguna librería. Realmente eran muy malos.

RK: Es curioso que esos poemas los llegara a enseñar, mientras que su primera novela, El mismo mar de todos los veranos, la escribiera casi en absoluta clandestinidad.

E.T.: Clandestinidad, sólo mientras la escribía. Había pasado mucho tiempo, veinte años. Siempre pensé que escribiría, siempre pensé que lo único que podía hacer en la vida era hacer teatro o escribir, pero se fue demorando. Quizás no estaba lo suficiente madura para escribir una novela o mi vida estaba llena de cosas e iba muy atropellada de una a otra. Entonces, a los treinta y nueve años, decidí que iba a escribir un libro y que lo iba a escribir hasta el final. Alguna vez había empezado unas páginas y siempre lo dejaba, porque no me gustaba lo escrito. Esta vez decidí que aunque no me gustara iría hasta el final. Como soy muy germánica, muy cuadriculada, lo cumplí. Hubo momentos en los que me parecía repugnante, pero me forzaba a terminar.

RK: Parte de la crítica ha señalado que la relación de los ambientes exteriores es escasa, y para ello citan a Anaïs Nin. Importa más su mundo interior, dicen, y se olvida de lo externo. Sin embargo, creo que el escenario desempeña, a veces, un papel determinante…

E.T.: Sí, estoy de acuerdo contigo. No había leído esto.

RK: Uno de esos escenarios, el mar, actúa casi como un pilar narrativo. Cuenta Ana Maria Moix que se olvida de volver a tierra mientras se baña en el mar de Cadaqués. En Habíamos ganado la guerra admite que es su gran pasión. Literariamente hablando, la simbología del mar es incuestionable: personajes que se sumergen y emergen, “princesas subacuáticas”, “casas vegetales y acuáticas”... ¿Cómo cree que influye esa simbología del mar en el desarrollo de la trama o de su propia vida?

E.T.: Me gusta muchísimo el mar. Mi madre, pese a lo conflictivo de nuestra relación, me transmitió todos sus gustos y una de las cosas que amaba era el mar. Desde pequeña se me inculcó que era lo más maravilloso del mundo. Cuando íbamos en junio a la casa de verano veía que aquello era otro mundo. Sigo pensando que el mar es mi gran pasión. Ahora que soy vieja en el mar no lo notas. Flotas, te sostienes, no sientes la torpeza que sientes en tierra. Hace tres o cuatro años estuve a punto de ahogarme. Por un error de medicación me desmayé dentro del agua. No me enteré de nada, perdí el sentido. Me desperté rodeada de tubos, de enfermeras, de ambulancias y de gente que me gritaba órdenes: “muévete”, “no te muevas”, “vomita”, “habla”, “no te duermas”… Y pensé que sería una forma fantástica de morir. Me gustaría morirme dentro del mar. Perder la conciencia de todo y que no encuentren nunca tu cuerpo. Todo lo que hacen con tu cuerpo una vez que estás muerta es bastante repugnante. En cambio, estar ahí, en el mar, y que no te encuentren, mientras te vayan comiendo los peces…, me parece un final delicioso. Pero, claro, no tendré esa suerte.

RK: Otro lugar muy claro sería Barcelona. Personajes que deambulan por Las Ramblas, van a la cima del Tibidabo o pasean por l´Eixample. No sé si Barcelona puede considerarse un personaje más dentro de sus novelas o es simplemente un mal contado centenar de personajes que podrían encontrarse en Nueva York, Londres o Buenos Aires, como escribe en Para no volver. ¿Qué papel otorga a la ciudad?

E.T.: Yo creo que la ciudad es importante. Y Barcelona es muy importante en mi vida. Es una de mis pasiones. En primer lugar me gusta el mar, y en segundo lugar me gusta Barcelona. No viviría en otra ciudad. Bueno, si tuviera veinte años y supiera hablar inglés vivir en Londres no me molestaría. Pero estoy contenta de vivir en Barcelona.

RK: Cualquier ciudad que no fuera Barcelona equivaldría a un desierto, siguiendo esa idea de que debemos volver a los lugares donde fuimos jóvenes o felices, recordando un momento de Correspondencia privada.

E.T.: Es que son los lugares donde nos ha pasado todo. Voy recorriendo la ciudad y me doy cuenta de que en cada esquina me ha pasado algo. El lugar donde te enrollabas con el primer noviete, o el autobús que te llevaba al colegio. La casa donde vivía tu abuela… Es decir, vas recorriendo toda tu vida. Todo lo importante me ha pasado en Barcelona. A Barcelona la llamo “mi” ciudad, cosa que no diría de mi país, porque realmente mi vinculación con Cataluña o con España es menos intensa. Durante mucho tiempo me sentí muy poco catalana. Han tenido que pasar años, hasta hace quizás uno o dos, para que empiece a pensar que realmente los catalanes somos algo diferentes. Yo creo que básicamente los hombres son iguales en todas partes, pero quizás sí haya unas diferencias culturales que pesan bastante. Hay cosas que pasan en Madrid que en Barcelona no pasan, y a la inversa. Voy a decir algo que puede parecer una tontería. Para mí son muy importantes los animales, y veo que el trato con los animales aquí es distinto que en el resto de España. Hay ciudades españolas donde no te dejan entrar perros en el aeropuerto. O sea que vas a recibir a tu hijo y no puedes ir con tu perro… Me parece grotesco.

RK: El Liceu, la ópera de Barcelona, aparece descrito en varias de sus novelas. En Habíamos ganado la guerra incluso le dedica un capítulo. En todas esas evocaciones, se muestra ese lugar como el escenario de una burguesía decadente donde seguir sintiéndose clan.

E.T.: Sí, el Liceo es un símbolo de la burguesía de esta ciudad. Tiene un valor representativo para la burguesía. Como lo tuvo para la gente que a la salida echaba tomates o que ponía  una bomba. Lo construyó la burguesía con dinero propio, un teatro privado con dinero ciudadano. Es un exponente bastante curioso de la burguesía, que incluye su falta de interés por el arte. Ahora ha cambiado, pero antes se hablaba en el antepalco, con las puertas abiertas o con las luces encendidas. La gente se levantaba, salía y entraba, llegaba tarde. Hacían algo que a mí me pone frenética, que es irse del espectáculo sin esperar a aplaudir, porque salen disparados a encontrar un taxi.

RK: Es muy interesante también esa visión de la periferia de la ciudad, una periferia amenazante, donde los niños, ellos sí, salían a jugar solos a la calle. ¿Qué imagen tenía de esa periferia y qué imagen tiene ahora?

E.T.: Territorio extraño. Sólo lo veía cuando pasábamos en coche, camino de Vilassar, si veraneábamos allí. Las Ramblas sí las conocía, porque iba con mis tías a comprar  cintas o botones o lanas, cosas absurdas, que únicamente había en la Ciudad Vieja. Lo demás, lo circundante, no lo conocía, y sigo sin tener ni idea. No sé si estoy en Sants o en el Clot. Para mí Barcelona son unas cuantas calles. Donde quisiera vivir mis últimos años y morir es en el Ensanche. Veremos si lo consigo.

RK: Vayamos a su actividad como editora. Es curioso como en algunos foros de internet se critica Confesiones de una editora poco mentirosa juzgándolo como un intento fallido, una oportunidad perdida para contar chismorreos sobre escritores.

E.T.: Ahora, en la segunda parte de las memorias, se retoma Confesiones… y, no sé por qué, me he vuelto un poco más dura. En realidad, no leo lo que se escribe sobre mí. No sé lo que dicen del libro.

RK: Nina L. Molinaro comenta que usted no sólo ha intervenido en la literatura española del siglo XX, sino que en cierta manera también la ha determinado.

E.T.: Hombre, me gustaría que fuera verdad, pero no sé si es verdad. No lo sé.

RK: Los libros ahora tienen una vida más corta. Ya no hay apenas “catálogos”, dice, sólo novedades y best sellers. ¿Lo importante es tener un buen fondo?

E.T.: Claro, claro. Pero se publica demasiado. Los libros no caben en las librerías, no caben en la prensa. Los libros se suceden por otros que inmediatamente los desplazan.

RK:¿Cree que el contacto editor/autor casi se ha perdido? ¿O la fidelidad de un escritor a un sello editorial, como Delibes?

E.T.: Sin lugar a dudas, ha cambiado. Ha cambiado, por ejemplo, la importancia que se le da al dinero. Antes apenas se hablaba de dinero. Ahora sólo se habla de dinero. Muchos escritores sólo hablan de lo que les han pagado por la última edición en Polonia o de los ejemplares que han vendido en Finlandia. Es muy aburrido. Y no hay que tener prisa en publicar, porque la vida es muy larga.

RK: En el prólogo de El libro de los sueños, habla de esas historias que le gustan que quizás puedan gustar a los demás. ¿Esa era su premisa a la hora de publicar libros en Lumen?

E.T.: Sin duda. Si me equivoco, mala suerte, pero no tengo otro criterio para elegir. Todas las demás razones, las de mercado…, son una tontería, porque, si no, las editoriales grandes no irían tan mal como van a menudo. Yo he visto cómo una gran editorial, una gran multinacional, quiere crear un best seller. Eso que dicen de dedicar unos millones… Dedican unos millones y venden cuatro. Lo que me gusta de la edición es que, en definitiva, es el público el que decide. Muchos best sellers salen sin promoción y sin nada. En cambio, grandes lanzamientos y nada... No hay garantía.

RK: Habla de Mafalda y de El nombre de la rosa como golpes de suerte. ¿Qué hubiera pasado si estos dos títulos no hubieran aparecido?

E.T.: Dos cosas: o hubiéramos encontrado otros, o hubiéramos cerrado. Hubiéramos vendido antes la empresa. Con esos dos títulos se ganó muchísimo dinero. Y se gastó con una alegría total. Nos permitíamos todos los caprichos.

RK: Es curioso: la editorial RqR, que dirigió su hija, es donde publicó los libros que nunca creyó que iba a escribir.

E.T.: Es que mi hija me acosaba. Se habló del libro Confesiones… Y, un día que yo estaba contando anécdotas, me dijo: “Esto lo tienes que escribir para mí”. Claro, lo escribí. El libro de los sueños era una idea que me divertía. El que menos claro veía era Prefiero ser mujer. Son unos artículos de hace veinte años… Prefiero ser mujer quizás no lo hubiera publicado, si no hubiera sido porque me lo pidió mi hija.

RK: Sobre la famosa biografía de Pasqual Maragall. ¿Se llegaron a comercializar esos libros censurados? ¿Cómo vivió aquella experiencia?

E.T.: Ah…, eso está todo en la segunda parte de mis memorias. Ya lo leerá. Fue una historia sórdida. Fue un disparate de historia. Y lo que se publicó, con tanta mutilación… Mercedes Vilanova y yo no hubiéramos debido permitir que se publicara.

RK: Con respecto a las referencias literarias, podemos hablar de uno de las personas que más aparecen en Confesiones de una editora poco mentirosa, Carlos Barral. O de José Agustín Goytisolo, del que hablaba recientemente en un congreso conmemorativo, congreso en donde, por cierto, desmitificó la figura del poeta.

E.T.: Es que aquello era excesivo. Resulta que cuando estaba con ellos sólo decía cosas maravillosas. En realidad, José Agustín era encantador, un gran poeta, pero era también un irresponsable, un pelma inaguantable.

RK: Con todo, siempre ha terminado hablando de ellos con cierta dulzura, como si fueran seres entrañables.

E.T.: Bueno, a estas personas yo las he querido mucho.  A José Agustín, a Barral… Pero eran unos completos irresponsables.

RK: Entre los narradores actuales, ¿señalaría alguno especialmente? En alguna ocasión ha hablado de Gustavo Martín Garzo o Javier Pastor…

E.T.: Ahora leo muy poco, y casi nada reciente. Me encantó El baile, de Némirovsky. Es el libro que hubiera querido escribir. Tiene todo lo que me gusta: relación madre e hija, el tema de la venganza, que es otro tema que literariamente me encanta, crítica de la sociedad… Españoles recientes he leído pocos. Gustavo Martín Garzo es un gran amigo y un gran escritor. Y apuesto sin reservas por Javier Pastor, que acaba de sacar una novela difícil pero muy interesante, Mate jaque.

RK: Hablemos, por último, de la vejez, que aparece ya prácticamente desde el inicio de sus obras. Algunos han catalogado Para no volver como una meditación sobre el envejecimiento. En esta novela se cita a Virginia Woolf para recalcar el punto de inflexión que suponen los cincuenta años. ¿La vejez es darse cuenta de que dejas de vivir historias y empiezan a sucederte simplemente cosas, como escribe en Correspondencia privada?

E.T.: Sí, eso es de Correspondencia privada, de la última parte. No estaría mal como definición de la vejez. Te suceden simplemente cosas y tú adquieres una actitud pasiva. Cuando te dicen que cada edad tiene sus cosas buenas y… Yo nunca me imaginé vieja. Me imaginé muerta, pero no me imaginé vieja. La vejez es muy deprimente, sórdida. En el momento en el que sólo se empieza a hablar de salud o de dinero, más vale morir. Es tan aburrido hablar de salud y de dinero. Tan aburrido.

RK: Philip Roth, en Elegía, escribe: “La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”.

E.T.: Exactamente, es una masacre. Realmente, estoy convencida de que es una suerte morir antes, y no hablo de morir a los treinta. Ahora te dicen: “Ha muerto muy joven, tenía ochenta y ocho años”. No jodamos. A los ochenta y ocho años no se es joven. Ahora hay que vivir noventa, cien… Todo el mundo haciendo pilates o no sé cómo lo llaman. Se han empeñado en que yo hiciera pilates. ¿Cómo voy a hacer yo pilates?

RK: Dos últimas preguntas. Tras la jubilación, ¿persiste la tentación de escribir teatro?

E.T.: Sí me gustaría. Si encuentro a un director que se interese por lo que podamos intentar hacer juntos, sí me gustaría. El teatro es mi asignatura pendiente.

RK: Y por último: ¿Ha conseguido, por fin, dar una voltereta?

E.T.: No, no, eso se acabó. Se acabó. Eso sí que no… Del teatro aún me queda alguna esperanza, pero en lo de la voltereta ya sí que no tengo ninguna.