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- Kafka Nº 06
Tatuajes
Antonio Báez Rodríguez
Tenía que estudiar para un examen de Matemáticas. Mamá vino antes de acostarse y me trajo un vaso de leche muy caliente.
-Tómatelo antes de dormirte, se irá enfriando, me dijo.
Luego me dio un beso, ordenó algo en las estanterías y cuando me oyó rezongar, se marchó. Todavía estuvo más de media hora de un lado para otro. Lo último que oí fue la cisterna. Y por fin silencio. Entonces cerré los apuntes y me encendí un cigarrillo. Tenía quince años y seguía necesitanto a Pepe para meterme en la cama. Pepe era mi osito de peluche desde que papá me lo había regalado no sabía ya ni cuándo. Estaba ya mayor para esas cosas, pero si no me quedaba abrazada a él, no conseguía coger el sueño. Había llevado a Pepe hacía unas semanas al Pita Rock y le había dado a probar la marihuana. Pepe me sabía guardar los secretos. Por las mañanas, sin embargo, aparecía en el suelo o camuflado entre mantas y sábanas.
Aquella noche el dragón volvió a acorralar al unicornio en un callejón sin salida. El unicornio quiso defenderse y dio varias cornadas al aire, ninguna certera. Luego recibió un golpe, un fuerte latigazo de la cola del dragón, que lo dobló por la mitad, aunque pudo esquivar a tiempo la bocanada de fuego. Un humo negro lo tiznó todo, paredes y ventanas, y el olor a chamusquina subió hasta mi nariz. La boca del unicornio quedó abierta al lado de una pestilente alcantarilla y sobre ella empezó a zumbar un enjambre de voraces moscas. Mi habitación se llenó de una de una fetidez nauseabunda.
Por la mañana encontré a mamá de muy buen humor. Me dijo que esa tarde iríamos a la prueba de su vestido para la boda.
-Esta tarde tengo clase de saxo, alegué.
-Después de tu clase, tonta.
A toda costa mamá buscaba mi complicidad con los preparativos de su boda. Hacía ya bastante tiempo que no le hablaba de mis pesadillas, aunque nunca había sido del todo explícita con ella en este asunto.
A la noche siguiente el dragón sorprendió al unicornio cuando bebía en el lago cristalino de un hermosos bosque. En el espejo de las aguas el unicornio vio cómo el dragón se arrojaba sobre él desde lo alto del cielo, pero no le dio tiempo de apartarse. El bosque ardió en todos aquellos puntos a los que alcanzaron los vómitos de fuego.
Antes de tener las pesadillas siempre había sido muy fantasiosa. Desde muy pequeña me había pasado los días hablando de centauros, amazonas y cisnes que perseguían a las muchachas. En el parque que había cerca de nuestra casa se levantaba una escultura de un minotauro. Estaba en un rincón muy agradable, a la sombra, al que mamá me solía llevar a merendar. Mamá esperaba que yo despertase de la siesta con una mochilita preparada.
-Ea, a merendar al parque, a ver si nos sale novio, me decía.
Pero a mí lo único que me interesaba era los cuentos que me contaba en aquel lugar.
La primera vez que tuve una de aquellas pesadillas no creo que tuviera más de cinco o seis años. Desde entonces sé lo que es el miedo. Grité y mamá vino para tranquilizarme. Me metió en su pecho mientras me acariciaba la cabeza. El corazón se me quería salir por la boca. Todavía puedo oler el perfume que mamá se había puesto. Me devolvió a la cama y dejó la luz del pasillo encendida. Ahora mismo puedo oír el rumor de las palabras de quien le preguntaba. Siempre he supuesto que era alguien que estaba cenando con ella.
Años después seguí despertándome, pero ya no había grito. Mi corazón me parecía un pajarillo asustado, amenazado en su propia jaula. Aprendí a resolver sola aquellas crisis: permanecía con los ojos abiertos en la oscuridad, buscando entre las sombras algo reconocible, y no sin cierto morbo dejaba que el sudor me amortajase conforme se iba enfriando, o buscaba a Pepe a tientas por el suelo, me abrazaba a él y le pedía a Dios que el unicornio venciese alguna vez al dragón. Aunque ya no la llamaba, mamá sabía que las pesadillas continuaban: nunca le conté los detalles, y los solía cambiar: le hablaba de buitres, de ratas. Mamá se daba la vuelta para recoger algo y si era verano y llevaba tirantes podía verle en la paletilla derecha el tatuaje de su unicornio. En el brazo era más fácil verle durante todo el año la piel quemada, retorcida como un plástico.
Los preparativos de la boda de mamá iban viento en popa. Estaba muy ilusionada con su cartero. A mí su novio no me caía mal, pero lo prefería fuera de casa, si tenía que ser sincera (no sé con quién). No me importaba que se encerrasen en la habitación y pusiesen la música a toda pastilla. No era el primero. Pero de ahí a jugar todos a las casitas iba mucho. Imaginaba que mamá quería volver a quedarse embarazada.
Los recuerdos de papá estaban en lo que se había conservado en una fotografía guardada en mi cajón. Papá en una piscina con un enorme tauaje en el brazo, que apenas se distinguía en la imagen borrosa y que yo tampoco conseguía recordar. El día que la saqué y la coloqué en el estante donde estaban mis libros, mamá me ordenó que la quitase de su vista, así que la obedecí antes de quedarme sin ella.
Acompañé a mamá a la prueba de su vestido y durante todo el camino quise que tuviera lugar un diálogo idéntico a este:
-¿Papá y tú os quisistéis alguna vez?
-Claro que sí, por ese motivo naciste tú.
El vestido era muy bonito, si tenía que ser sincera, y mamá estaba guapísima. Ni un instante dejó de sonreír delante del espejo. Parecía más joven que en cualquiera de los últimos años. La modista nos emplazó a la semana siguiente para recogerlo. Mamá me dijo:
-Ea, y ahora te invito a merendar, que a ti todavía te tiene que salir un novio.
Iba a protestar por el comentario de mamá, cuando el dragón volvió a presentarse ante el unicornio. El unicornio intentó escapar buscando una escapatoria entre dos coches aparcados allí mismo, pero un árbol le cortó la salida . El dragón se avalanzó sobre él y con unas uñas de acero le hizo varios cortes en el cuello y en la espalda. Después escupió a través de sus fauces una llamarada de fuego y la crin del unicornio comenzó a arder.
No pude hacer nada, ni siquiera moverme. Un intenso olor a gasolina y a carne quemada me nubló la cabeza y perdí a mamá entra las llamas. Pero tuve un instante de claridad para ver en todos sus detalles aquel tatuaje borroso de la fotografía de papá. Era un dragón enfurecido que sembraba el espanto a su alrededor.
