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Eduardo Moga
[LAS BRUMAS, DENTRO...]
Las brumas, dentro: moco abrasador, escándalo de alveolos y codeína. Fuera, las brumas, concisas, infibuladas de luz. El viento barre la bahía: las olas son yesca, y llamea la espuma, encadenada a lo informe; las cosas, lavadas por el sol, saturan el espacio: sobresalen como pirámides de bauxita. Las ondulaciones de la playa atrapan fragmentos de mar: restallan latigazos de agua con regularidad respiratoria, pero sus colas se enredan en las dunas mínimas, en las resquebrajaduras errantes de la arena, y se separan de la mano azul que las impulsa; varadas, se deshilachan en filamentos traslúcidos o esperan, azogue muerto, a que pase algún bañista y las pise; sus añicos corren entonces a esconderse en el fango, como crustáceos sorprendidos por la luz.
Vivir consiste en que la humillación prosiga. La recepcionista me hace el favor de inscribirme en el hotel. Sus ojos esbozan miel, pero es una miel cáustica; habla con la negrura de una avispa. Se llama Mónica.
[No han conocido aquí un otoño tan seco desde hace treinta años. Lo oigo en la radio del taxi, antes de que irrumpa una llamada que reclama un vehículo para un cliente en la calle División Azul. Si no llueve, habrá restricciones nocturnas de agua. Estoy empapado de sudor. Los pulmones también sudan].
La fundación se levanta en un antiguo caserón, contiguo a la Biblioteca Menéndez Pelayo. Pureza nos la muestra, orgullosa de la rehabilitación: nos descubre los archivos corredizos, de tracción hidráulica; también, una versión inédita de Espacio en una urna, con anotaciones manuscritas, acaso del propio Juan Ramón. [Espacio progresa con lentitud gangrenosa. Su fluidez se me hace pétrea: tropiezo con orquídeas y legajos, con fusiles y clavículas, con esmeraldas y hematomas. Emerjo de su espesura acalambrado, ahíto de lexemas, como si hubiese atravesado una arboleda de clavos. Pero es placentero este dolor: una contractura que recuerda al orgasmo. No obstante, me gustaría que me gustara más.]
Los escalofríos son rúbricas acedas. La mialgia me obliga a sentarme en un banco. Me acomodo en la fiebre como los monjes medievales en los ataúdes en que dormían: con el abandono que arranca del sufrimiento el placer de su asunción, aunque lo sienta todavía pataleando debajo de la piel. Leo a Basilio, y surco un mar febril: el suyo y el mío, hermanados por temblores escarlatas, fundidos en un solo fluir vidente. Su viento incendiado hincha mis velas enfermas, y me empuja a derrotar por sus sargazos adhesivos, por los escollos de su hipotaxis —que espejean como astros en una explanada de lapislázuli—, quemado por su agua, náufrago en la plenitud de su vacío. Sus versos ocurren como una lapidaria sucesión de ambigüedades. Las imágenes se engarzan hasta privar al poema de toda certeza, excepto la del poema mismo: la de su irrespirable existencia. «Un vocabulario avezado a los simulacros/ de días sin pulso, de edredones, de dientes/ buscando nuestra perfección,/ nuestra estrella de carne/ de áscesis a gatas/ para purificar las injurias, los desatinos/ del mártir que lucha sin agobios/ por la gloria, por la miseria de unos despojos que se devalúan,/ dulces trabajos del avariento/ que dice su extraño adiós a la golondrina enamorada». [Basilio Fernández gestionaba un negocio familiar de vinos y cereales. Apenas publicó en vida media docena de poemas —entre ellos, el que seleccionó Ezra Pound para Il Mare, junto a sendas piezas de Larrea y Cernuda, como muestra de la poesía española de su tiempo—, aunque siguiera escribiendo, intermitentemente, hasta el final de su vida]. Sopla una brisa feroz, que me clava astillas de yodo. Entro en la única librería de lance de la ciudad, que ni siquiera figura en Iberlibro. Me sorprende su pequeñez: es un cubículo rectangular con estantes metálicos y una mesa central con las últimas novedades en libros de viejo. Atiende el establecimiento un hombre canoso que se me antoja alto, aunque esté sentado. Permanece absorto en la lectura de un libro, que parece un enorme zancudo con las alas desplegadas, dispuesto en un atril, encima de una mesa diáfana. Es una extraña mezcla de masai y de buda. Pregunto por la poesía y me acerca un taburete, «porque está en las baldas más bajas» [como suele suceder; según Borges, la disposición de una biblioteca es un ejercicio de crítica literaria] y así no me resultará tan incómodo examinarla. Los libros no tienen polvo y están razonable, aunque no alfabéticamente, ordenados. Se me hace raro, teniendo en cuenta que las librerías de segunda mano en España son caóticas espeluncas, además de templos de la zafiedad. Sin embargo, no descubro nada interesante, salvo sendas primeras ediciones de Ridruejo y de Gerardo Diego [la de éste, en la colección «La isla de los ratones», también conocida, según me reveló Tono, como «La isla de los erratones»] que me parecen caras. Hay un ejemplar, como el que estoy leyendo, de la poesía completa de Basilio, pero fatigado.
La oscuridad nace de la luz: respiro sus haces fuliginosos; la oigo en la piel. [La oscuridad acosa a la piel, como si la piel fuese una puerta; atraviesa los cristales, como si detrás hubiera un cuerpo; se contrae como el hierro, e indiscerniblemente se dilata, urgida por el tiempo]. Con parsimonia se acomoda en los castaños que apantallan las fachadas que desafían al viento. En el Café Pombo, donde los camareros visten chaleco a rayas y pajarita, las luces glaucas delinean lo oscuro: son, antes que hileras de fotones, caricias aniquiladoras. Me gusta la camisa que lleva Regino, de un azul subido, con enormes florones amarillos. Paseamos por la calle General Mola y por otras por las que se divierte llevándome: urde para mí el recorrido más nacionalcatólico posible. Me sorprende que, al despedirnos, se muestre reticente al abrazo. En realidad, soy yo quien lo abraza: él sigue lejos, aunque lo estreche contra mí; su piel, oblicua, tartamudea.
Camino y tiemblo. El mar no se oye, pese a su cercanía. Las calles son largas. Torreones, cúpulas y pérgolas vuelven irregular el perfil de la ciudad. [Paso junto a la enorme estatua ecuestre del Caudillo, frente al ayuntamiento. Algún anarquista le ha tirado bolas de pintura roja, que lucen todavía en el flanco del caballo. Las palomas son su cúspide. Tono dice que, en realidad, no es Franco, sino el Guerrero del Antifaz. Sugiero que, cuando en España no quede ya ningún símbolo franquista, se preserve éste, convertido en eficaz reclamo turístico: el único monumento al fascismo de Europa].
Presento, en la fundación, al poeta homenajeado. Los fluidos, alterados, me alteran la voz. Ni siquiera consigo oírme bien: me envuelve una calígine eléctrica. Sin embargo, no dejo de hablar, porque hablar es la única disciplina que me he impuesto. [En las comidas, por el contrario, guardo silencio: me ha disgustado la respuesta desabrida de O. a una inocente pregunta mía]. La noche es redonda. Veo a estudiantes en la biblioteca adyacente, como mariposas ensartadas en un corcho de luz. El aire contiene ecos de mercantes y serrín.
No dormiré, o sólo aproximadamente. El calor será glacial. Tendré espasmos: luciérnagas en la piel. [Antes de acostarme, me masturbo, con dificultades, en un intento de propiciar el sueño; eyaculo en una papelera metálica, y pienso en la camarera que mañana haya de limpiarla]. La tos me ahoga. He dejado de tomar somníferos, porque, al parecer, mi cerebro ya produce suficiente serotonina. Sin embargo, el suministro aún es lento, y el sueño no llega sin dificultades. Brego con la pasta del yo, hasta que algo someramente cede. El muro de la conciencia se pliega al ritmo de la penumbra, y quietamente se licua.
La recepcionista me atiende con una sonrisa de cera.
(Poema XXI de Bajo la piel, los días, inédito)
